Adiós al 30% de los museos del mundo

Solo las colecciones nos diferencian de Disneyland”, reconoció Mijail Piotrovski, director del Ermitage de San Petersburgo, en el simposio virtual que reunió, en noviembre pasado, a directores de museos del mundo, establecimientos que, después de competir durante las dos primeras décadas por ser el más grande, el más fuerte, el más visitado, a fuerza de exposiciones monstruo, afrontan una convalecencia que promete cambios de paradigma.

Como el Louvre –diez millones de euros perdidos cada mes, por culpa de la covid–, la mayor parte de los grandes museos del mundo vive en un 70-90% de sus visitantes extranjeros. Esos mismos que tienen los viajes prohibidos o condicionados.

Entre un 6 y un 30% de los museos morirá, según el director del ICOM, sobre todo en Estados Unidos donde son privados

Según Peter Keller, director del consejo internacional de los museos (ICOM es su sigla inglesa; oenegé fundada en 1946, cuenta 45.000 miembros en 138 países– entre un 6 y un 30% de museos morirá, víctimas colaterales de la pandemia. Situó el foco epidémico en los Estados Unidos, porque, allí, “la mayor parte de los establecimientos tiene un estatuto privado”.

Entre tanto, anticipa Keller, “un tercio de los museos, especialmente en Asia y África, ha perdido, pierde o perderá la tercera parte de sus ingresos”. El Reina Sofía de Madrid habría sufrido una severa amputación de hasta el 40% de sus recursos propios, falto de visitantes de pago.

Aunque su colchón económico es confortable (un fondo de 3.400 millones de dólares genera una renta anual de 200 millones) el MET (Metropolitan Museum of Art) de Nueva York habría perdido unos 126 millones de euros en dos años. Y como el 70% de su presupuesto se va en salarios, y las leyes laborales son flexibles, Max Hollein, el director, prevé numerosos despidos.

Otra víctima propiciatoria serán las exposiciones desmesuradas, aquellas que requieren pesado transporte y costosos seguros y que por eso fueron bautizadas blockbusters. El término bélico, acuñado por los británicos para nombrar las bombas capaces de destruir una manzana entera, parece ser una baja más de la invasión covid.

Otro bien intangible son, en Francia, los mecenas. La covid habría provocado la desaparición de los llamados oportunistas (ese 70% que practica el toma y daca y además de publicidad pide visitas nocturnas o saraos entre obras), culpa de que las diversas sociétés d’amis de los museos hayan perdido del 20 al 25% de sus miembros. Sociedades vitales: en 2019, los amigos del Centro Pompidou aportaron 3 millones de euros para las adquisiciones, contra el 1,8 millón de la subvención pública.

En el otro museo de arte moderno, el de la ciudad de Paris, la restauración del edificio y otras obras de embellecimiento fueron costeadas –unos dos millones de euros– por los amigos. Amistad desinteresada: los confinamientos impidieron hasta la simple visita de las exposiciones, transformadas en muchos casos en lo que ya tiene nuevo nombre, muestras fantasma. Para los amigos, permanece un aliciente económico: ese 66% de deducción fiscal sobre las sumas donadas.

Crisis en todos los escenarios

En Francia los efectos también se han notado significativamente en el descenso de mecenas y en la caída de miembros de las ‘sociedades de amigos’

Los cabales constituyen por lo menos la mitad de los amigos del Louvre. Es decir, unos 35.000 miembros, de acuerdo con su director general, Sébastien Fumaroli. Y en diciembre pasado un flamante Cercle des mécènes reunió 300.000 euros para la exposición Tesoros del Cairo, prevista en 2022.

Fieles también los Amis d’Orsay et de l’Orangerie, que colectaron los 200.000 euros necesarios para comprar Garçon breton de profil, de Roderic O’Conor. Y la escasamente publicitada Elles font l’abstraction (ellas hacen la abstracción), la exposición del Museo Nacional de Arte Moderno, se benefició de otros 200.000 euros amistosos. Buena excusa para recordar que el arte abstracto tuvo pionera: Hilma af Klint (1862-1944), artista sueca.

Cambio de modelo expositivo

Las exposiciones ‘blockbuster’, de dimensiones a veces monstruosas, también serán víctimas de recortes por la cuantía de los seguros y los costes de transporte

Leyes y estatutos permiten a los museos norteamericanos vender obras de su colección, lo que por otra parte distorsionará un mercado ya difícil de comprender, mientras que las colecciones, allí donde son inalienables, servirán por su parte para multiplicar muestras introspectivas y por lo tanto más económicas.

Los conservadores de museos hablan de “muestras más modestas” o bien “más locales”. Eso de local suena positivo en casi todos los sectores, aunque hay economistas de la cultura, como Françoise Benhamou, que desconfían y piden que “más local no signifique menor calidad”.

Otra mujer implicada, Sophie Makariou, brillante presidenta –un femenino que no existe en francés– del Musée Guimet parisino, prefiere convocar la imaginación al poder. “Ha llegado el momento –invita– de reinventar nuestro oficio”.


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