El agujero negro invisible, desenmascarado

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Los agujeros negros se llaman así porque nada, ni siquiera la Luz, puede escapar de su tremendo poder gravitatorio. Los científicos pueden detectar su presencia porque, cuando se alimentan (tragándose todo lo que se les pone a tiro) la materia gira rápidamente a su alrededor antes de desaparecer para siempre, y al hacerlo brilla en la longitud de onda de los rayos x.

Hay agujeros negros súper masivos, los que duermen en los centros de las galaxias, con masas de millones (incluso miles de millones) de veces la del Sol. Otros, más pequeños, nacen tras el colapso de una estrella muy masiva, que se hunde bajo su propio peso. Y son esos, los agujeros negros de tamaño estelar, los que resultan más difíciles de detectar, ya que pasan mucho tiempo en el espacio vacío y sin encontrar nada que “devorar” y que, por lo tanto, delate su presencia.

Ahora, y por primera vez, un equipo de astrónomos ha conseguido detectar uno de estos “pequeños” agujeros negros invisibles, y para ello no ha necesitado recurrir al “truco” de los rayos x, sino que lo ha hecho gracias a los erráticos movimientos de una estrella cercana.

Desde luego, la estrella se movía de modo muy extraño, adelante y atrás, a cientos de miles de kilómetros por hora y en períodos regulares de 167 días. La explicación era un agujero negro cercano. Uno de “apenas” 4,5 masas solares, oculto en lo más profundo de un cúmulo globular a 16.300 años luz de la Tierra. Los cúmulos globulares son auténticas “pelotas de estrellas” en la que estas se acumulan muy cerca unas de otras.

El hallazgo hace pensar en que los agujeros negros de tamaño estelar podrían ser mucho más comunes de lo que se creía… ahora, por lo menos, sabemos cómo verlos, aunque se escondan…

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