AMOR EN TIEMPOS DE CORONAVIRUS
por Adriana Dreyer R.

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Joan y Andreína, dos médicos recién graduados de 24 años, caminaban distraídos por los pasillos de un hospital en medio del rigor de las reglas sanitarias por la pandemia global que cernía su sombra sobre nuestro país Venezuela y nuestras vidas, el coronavirus  COVID 19, pequeña e insignificante entidad con tanto poder como para paralizar nuestra existencia  y la del mundo entero, italianos, chinos, iraníes, españoles, franceses, suramericanos, todos con un denominador común, el miedo.

Joan con mono azul y  sobre este, una bata blanca, guantes, tapabocas, su cabello despeinado y sus grandes ojos elocuentes. Andreína con mono blanco y bata azul celeste, con su cabello bien peinado, castaño, guantes y tapabocas, se cruzaron en el pasillo y ocultos bajo sus escudos de tela, se miraron un instante sostenido con esas miradas que desnudan el alma, solo eso bastó para contagiarse, cada uno nervioso apuró el paso para cumplir con sus deberes. Solo pasaron horas para que el contagio se convirtiese en síntomas, pensamientos repetidos de sus ojos, color caramelo los de ella, negros los de él, cómo será su boca, cómo su sonrisa, la volveré a ver, cuál será su nombre.

Pasaron 12 horas luego del contagio y en la Unidad de Cuidados Intensivos, la UCI,  volvieron a coincidir, dos pacientes graves conectados a una máquina para seguir viviendo, el miedo creciendo, la vida extinguiéndose y ellos allí, con ganas de llorar, con ganas de mirarse, con ganas de conocerse hasta aprenderse de memoria, él la miró tímido y le dijo:  la vida es este sublime instante que se puede convertir en muerte pero también se puede convertir en la vida entera. ¿De quién hablaba?.

Pasaban las horas y el contagio continuaba.

Él preguntó: me das tus manos y ella, aún con guantes, le dijo: lo que yo he tocado no es lo que tú has tocado y no se las dio, 24 horas avanzada la guardia a Andreína le dio fiebre, dolor en las piernas y tos.

Los pacientes de Joan se salvaron y fueron pasados a la Sala de Recuperación, él salió de la guardia y se fue a su casa, en el camino se sentó en la placita de la escuela a recordar esos ojos, esa mirada, a imaginar su sonrisa, atrapado por su voz, con deseo de tener sus manos entre las suyas, de acercarse y oler su cabello, ver las líneas de su cuerpo y de su cuello, en fin, Joan estaba cautivado.

Volvió al día siguiente al trabajo y le asignaron un nuevo paciente a su cuidado en la UCI. Cuando fue a tomarle los signos vitales se encontró con esa mirada desnudada, sin tapabocas, tan blanca con su boca rosada y ella en una sonrisa apenas esbozada le dijo soy Andreína, estoy contagiada;  él no hablaba, estaba paralizado, ella bella como la luz de una estrella, frágil como una flor, lucía tan pequeña como un colibrí hundida en esa cama, él extendió su mano y le dijo: ahora sí tengo que tocarte, dame tus manos y las apretó fuerte hasta sentir su calor, fuerte como un abrazo y  pensó… cálidas, cómo debe ser su corazón; se miraron callados, él se quitó el tapabocas y la besó, ella sin darle tiempo dijo: no, te vas a enfermar y él le dijo: ya estoy contagiado, contagiado de ti y así surgió el amor en tiempos de coronavirus . Amor COVID 19.

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