Del poder civil al poder militar
por Edgar Gómez

El desplazamiento de los factores civiles de sus espacios naturales de accionar político por parte del sector militar, bajo  el eslogan, la unión cívico militar, es la causa fundamental del desplome del llamado Polo Patriótico, consenso que sí bien fue un concepto  electoral más que funcional en los aspecto de gobernabilidad, contuvo de alguna forma la imagen de unidad de los partidos de la izquierda venezolana en pro de una intención nacionalista, carente de teorías concretas y con matices reivindicativas  que captaron los sectores menos favorecidos, pero que a la postre fue el camino ideal para que el sector militar se ocupara de lo político y de la gobernabilidad, asumiendo bajo la doctrina de mando y obediencia, todos los espacios de planificación, dirección, organización y control.

La intención de la unión cívico militar, no se concreta a la retórica del pueblo en armas o la figura amorfa de las milicias. Los civiles no han ocupado un centímetro de los espacios militares, pero el sector verde oliva hoy controla todo el accionar político del país; están presente y con poder de decisión en el PSUV, en los poderes unificados que hoy conforman el llamado “Estado”, en gobernaciones y alcaldías e incluso donde los gobernantes son contrarios al gobierno nacional. Tales autoridades “llamadas opositoras” son desconocidas por el poder político y en su lugar designaron  al  “protector”, figura  paralela que distorsiona la funcionalidad de la gobernabilidad, no está contemplada en ninguna norma del funcionamiento del Estado,  lesiona la tradición política del país, además de desconocer la voluntad del elector. 

El desplazamiento de los civiles de los espacios de poder, vía partidos políticos, fue posible con Chávez en la misma medida que su liderazgo se consolida, los ministerios y gobernaciones se convirtieron en espacio de la cultura militar, además de las incontables coordinaciones, comisiones, misiones  y otras que fueron creadas para ese sector, mientras los partidos agrupados en el Polo Patriótico, sufren los desencantos y el desplazamiento de sus actividades tradicionales vinculadas al gobierno, pero sí para las movilizaciones, para la convocatoria electoral. Esos partidos llamados de izquierda, que hoy intentan crear una opción de gobierno legislativo, en los mejores tiempos del gobierno del presidente Chávez, se les impuso como tarea permanente leer y memorizar la cartilla de mando y obediencia o retirarse del proceso con la calificación de traidores.

La orden ejecutada del presidente Maduro de desconocer y sustituir la directiva de los partidos políticos, hoy disidentes del llamado “polo patriótico”, vía Tribunal Supremo de Justicia, es clara muestra de la doctrina de mando y obediencia que ha permeado todas las instituciones de la República, así como simboliza las acciones que procuran la muerte de la política, la negación de la dialéctica y favorecen la política por otros medios, es decir, la confrontación no democrática, carentes de ideas civilizatorias.

El actual gobierno aceleró lo que Chávez inició. El presidente Maduro, llega al poder en circunstancias muy complejas, recibe el gobierno por delegación,  admite que el poder está contenido en la fuerza que representan los militares, el asedio de la oposición nacional e internacional aceleró lo que hoy es un hecho,  los militares en el uso del poder y los partidos tradicionales de izquierda sin capacidad de maniobra y con la recurrente tarea de movilizar el voto para que vía elección se consolide el sector de mando y obediencia que otrora la  racionalidad política de las décadas de los años 60 y 70 del siglo pasado, lograron contener en los cuarteles, disfrutando lo poco o mucho que le asignaban los civiles, entre ellos estar sujetos a la lotería de los ascensos. Hoy en el ejercicio del poder, están  consolidados y con la vista al frente. Con menos sacrificios, diversidad de tareas, menos ocupado de los asuntos castrenses, se sustituye todo el protocolo de ascenso y grados militares, que los  “civiles o políticos corruptos” ayer les negaron y obviamente están en plena libertad de hacer “lo necesario” para mantener climas favorables en los componentes militares.

Se desconoce qué rumbo tomaron los cuadros políticos que en el año 2020 fueron desplazados de sus partidos, sobre ellos  están las amenazas y la vigilancia policial permanentes, solo basta la decisión para ser sujetos judiciales,  la causa no importa, cualquiera es aceptable para el fiscal, incluso el hecho de escribir o publicar informaciones que bajo interpretación subjetivas pueden  generar odio al sector político en el gobierno, no así cuando se tata de la oposición, contra ellos todo es permitido.

Del poder civil al poder militar, es el trance necesario que debe ser tema de debate, pues el mismo implica revivir la política como dinámica sociológica. Volver a la confrontación de las ideas, las propuestas de todos los sectores, incluyendo el factor militar. Todo ello es urgente como generador de confianza ante una representación cada día más desgastada. Es necesario superar la lógica de obediencia y mando que ha terminado por desplazar sutilmente el factor civil de los espacios naturales del poder.

 Parafraseando a los filósofos Spinoza y Hobbes, el estado de sociedad impone normas que buscan proteger a los hombres contra sí mismo, contra la pasión destructiva que se observa en la naturaleza misma, donde los más fuerte devoran a los débiles, precisamente las normas busca producir la diferencia del campo abierto observado en la naturaleza misma. “Ahora bien, siempre en opinión de Hobbes, la regulación de la vida por medio de normas depende de un cálculo racional que, al encerrar dentro de ciertos límites los comportamientos, los contiene y los restringe, con el objeto de «superar» las contradicciones de una naturaleza desordenada” a juicio nuestro, absolutamente hermenéutica, de una sociedad política desorganizada que tiene sus inicios en el desplazamiento del pensamiento democrático por la lógica del mando y la obediencia, nacientes de la carencia del sentido de la política, muestra de ella la “Ley contra el odio”, que regula el discurso que resulta disonante al Estado/Gobierno.

 Ahora bien, Spinoza nos recuerda que “la  naturaleza nunca deja de actuar en la sociedad, al movilizar las mismas leyes y las mismas pasiones que impulsan a las arañas a pelear y llevan a los peces chicos a ser pasto de los grandes.” Efectivamente, el conjunto de leyes y normas que pretenden establecer el libre juego de las relaciones de fuerza y de poder, se proponen evitar que el poder no se exprese necesariamente por la dominación. América Latina tiene historias suficientes sobre esta caracterización con desenlaces frustrantes; el poder que emana de la dominación, termina por constituir una sociedad con profundos desequilibrios.

La vida de la naturaleza siempre estará presente en el  vivir en sociedad, no obstante, el derecho racional es la excepción antes que “el miedo que ha generado la pérdida progresiva de las garantías legales y constitucionales, hoy instaurado en la mente del venezolano,” por la similitud de sentirse pez pequeño o animal débil. Volver a la política, es un intento valioso para atender los desequilibrios de nuestra sociedad.

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