El legado del pura raza español

De pronto vi un caballo que hacía piaffe y me impresionó tanto que pensé: ¡a este se le podría poner un 10!”. Tamizada por la madera y un sinfín de sillas y cabezadas colgadas geométricamente en el guadarnés octagonal de la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre, la luz que se cuela desde lo alto ilumina los ojos de Álvaro Domecq, acuosos de la emoción. El piaffe es un movimiento difícil, un ejercicio de doma que exige gran condición física y equilibrio al animal; un trote tan reunido que el caballo eleva pies y manos sin moverse apenas del lugar, sin avanzar, como un bailarín que levita entre tranco y tranco. Han pasado más de 40 años de esas palabras que un periodista alemán dedicó a su querido Valeroso, pero Domecq todavía se enorgullece al recitarlas de memoria. Un 10, la nota más alta. Era la primera vez que actuaban fuera de España y aquella alabanza le confirmó algo que él tenía claro desde hacía tiempo: el caballo español tiene una capacidad extraordinaria de emocionar. Tras una mañana de ajetreo en la escuela que fundó en 1973 en pleno centro de Jerez de la Frontera, el jinete octogenario lo expresa hoy así: “El caballo español es inteligente, fuerte, tiene temperamento, pero es muy noble. Y lo que más me gusta de él: es un artista. Cuando se mueve, no se mueve como otros”. Es muy expresivo, se diría. Y este rasgo se suma a otros que los entendidos y apasionados repiten cuando se les pregunta qué distingue al caballo de pura raza española, el PRE, de los demás equinos: brío, coraje, belleza, armonía, nobleza, templanza, entrega…

Miradas francas, cuellos poderosos, crines largas, musculatura prieta, grupas redondas, movimientos fluidos… y esa energía que parece pasión. En su compacta anatomía cabe el ímpetu de un huracán y la dulzura de una caricia. Caballo de reyes lo han llamado algunos y, aunque suene pomposo, realmente lo ha sido. Basta con recorrer las pinacotecas europeas para comprobarlo. Su historia se desarrolla en paralelo a la de España, sus invasiones, guerras y conquistas, y se podría remontar casi tanto como uno quiera, aunque destacan dos momentos clave: Felipe II, el rey que encargó perfeccionar la raza en el siglo XVI, y la creación del libro genealógico en 1912. Esencial en el trabajo del campo, la sabiduría de su crianza, transmitida de generación en generación, podría pronto ser declarada patrimonio cultural inmaterial de España, tras una petición presentada en 2018 por la Asociación Nacional de Criadores de Caballos de Pura Raza Española (ANCCE). Un reconocimiento que supondría un impulso para el sector, más en estos tiempos inciertos. Y de ahí el sueño de ser incluido en la lista de la Unesco.

Aunque su origen y epicentro ha sido y es España, se cría hoy en más de 65 países, algunos, como México, con una tradición arraigada. Un registro oficial único en Sevilla certifica los ejemplares nacidos en todo el mundo tras una prueba genética. Al ser una raza cerrada, solo pueden inscribirse animales cuyos progenitores estén a su vez inscritos. Casi el 80% de los más de 250.000 PRE registrados se encuentran en España, unos 194.000. Estados Unidos, México y Francia cuentan con poblaciones significativas. Cada otoño, los ganaderos muestran sus ejemplares más brillantes en los concursos del Salón Internacional del Caballo de Pura Raza Española (Sicab). En octubre de 2020 tuvo lugar la 30ª edición, un aniversario que lució poco sin público por culpa de la pandemia. Se pudo celebrar, que no es poco, ya que, como explica José Juan Morales, presidente de ANCCE, “casi la mitad de las ventas del año se gestan alrededor de esta cita”. ¿Y cuánto cuestan? Una pregunta con difícil respuesta, ya que pueden empezar en unos 6.000 euros, aunque suben con facilidad a 15.000 o 20.000 y no hay techo. Todo depende de lo especial que sea el ejemplar en cuestión. Aun así, muchos ganaderos se dedican paralelamente a otras actividades profesionales para salvaguardar este legado con su dedicación y esfuerzo económico.

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