¡El prestigio militar! por Hugo Araujo

«Traté de convencer a mis conmilitones que la fuerza armada debe ser esencialmente obediente, y que su poder debe reducirse al lindero de los cuarteles, y de ensancharse únicamente en los campos del honor y de la gloria». General en Jefe José A. Páez

 

Durante cuarenta años (1958 – 1998) tuvimos gobiernos civiles que le dieron un lugar de privilegio a las Fuerzas Armadas. Se equiparon con lo mejor del armamento de la época, como los aviones F-16 y Mirage, las fragatas misilísticas, los tanques AMX y hasta dos submarinos fueron adquiridos para garantizar la defensa de nuestras fronteras y mar territorial. A la par nuestros militares adquirieron una base tecnológica y científica, pues se les dio la oportunidad de contar con un segundo título universitario. Durante ese período, la Iglesia Católica y las Fuerzas Armadas fueron las dos instituciones más respetadas por los venezolanos.

Para nadie es un secreto que hoy día, la situación ha dado un vuelco y en las encuestas de opinión pública la Fuerza Armada Nacional no aparece tan favorecida como en otros tiempos en los que su actividad era más institucional y adherida estrictamente al cumplimiento de la Constitución y las leyes. Según Hinterlaces en encuesta realizada el pasado mes de mayo, la Fuerza Armada Nacional tiene una opinión «desfavorable» del 58 por ciento de la población. Esta situación no es conveniente ni para la Institución, ni para el país en general ¡Pero es una dura e innegable realidad!

Pese a los gruesos nubarrones que se ciernen sobre la Fuerza Armada, no podemos asegurar que como Institución sea corrupta. Es la actuación de algunos militares, como el ex tesorero Nacional, el teniente Andrade, quien vive una vida de lujos y boato en el exterior y algunos otros de alto rango, como el ministro de Alimentación Osorio, duramente cuestionado por las negociaciones realizadas en la compra de alimentos, quienes han provocado por su nefasta actuación con los dineros públicos, el repudio, tanto de los civiles como de los militares honestos, que silenciosamente rechazan esos crímenes de lesa patria. Esta situación es penosa y triste pero reparable. Los venezolanos debemos hacer un esfuerzo para que el aprecio a la Fuerza Armada se recupere a los niveles de otros tiempos ¡Pero el mayor esfuerzo lo deben hacer los propios miembros de tan importante y vital Institución para la vida de la República!

Desde 1810, fecha en que se dieron los primeros pasos por nuestra libertad hemos tenido muy pocos períodos en el que los venezolanos -en mayor o menor grado- no hayamos estado tutelados o gobernados por los militares. La heroica gesta de la independencia sudamericana, protagonizada principalmente por líderes venezolanos como Miranda, el gran visionario; Bolívar, el indiscutible máximo héroe de la independencia; Sucre el gran líder militar, culto y con un corazón de oro; Páez, el caudillo, a quien principalmente le debemos el éxito grandioso de Carabobo, y muchos más, generó en nuestra conciencia de pueblo, un amor privilegiado a todo lo que fuese militar. Venezuela perdió en la guerra de independencia el 25 por ciento de su población y lo más selecto de esa generación joven murió en dicho período ¡Nuestra sociedad se convirtió en militarista!

Luego de la independencia largos años de guerras civiles regionales y nacionales continuaron asolando nuestra querida patria. Fue Juan Vicente Gómez, el dictador tachirense, quien con su característica astucia montañera, logró acabar con las montoneras, mandadas por generales -sin estudio militar en su gran mayoría-, pero indiscutiblemente «hombres de pelo en pecho» como decimos en criollo, a quienes «no se les enfriaba el guarapo» para conseguir unos máuseres y alzarse, para producir una larga tragedia que impidió el avance de nuestro país durante el siglo XIX. Gómez unificó y fundó el Ejército Nacional y creó la Fuerza Aérea a instancias de su hijo Alí Gómez, quien era fanático de los aviones.

Durante el transcurso de 27 años, el gomecismo logró construir un aparato militar de alcance nacional, que se diferenció de las anteriores estructuras político-militares de carácter regional existentes de las últimas décadas del siglo XIX; aparato sobre el cual se agregaron las modificaciones que, a partir de la muerte de Gómez y más tarde con el golpe militar de octubre de 1945, permitieron organizar las modernas Fuerzas Armadas Nacionales.

El papel protagónico otorgado por Hugo Chávez a sus compañeros de armas, sacándolos de su escenario natural de actuación institucional para colocarlos en funciones de gobierno que por esencia y naturaleza les corresponden a los civiles, abrió las puertas a ese deterioro en el ánimo popular que todo el mundo civil percibe en la calle y que se ha agigantado en el Gobierno de Nicolás Maduro.

Los primeros pasos para el masivo protagonismo militar en la vida civil del país se dieron con el Plan Bolívar 2000, el cual resultó un total y absoluto fracaso, cuestión que privó para su eliminación y para el inicio, -lento en aquel momento, pero sostenido en el tiempo- del rechazo a la invasión del estamento militar en los asuntos del gobierno civil.

No sólo el latrocinio de algunos altos militares ha contribuido al declive del prestigio de los miembros de la Fuerza Armada en el sentimiento de los civiles, también la enorme represión ejercida por la Guardia Nacional, ha originado con sus excesos que alguna gente desdeñe a la Institución militar. La GN es un componente que legalmente sólo puede actuar cuando las fuerzas policiales hayan sido sobrepasadas en el control del orden público y tal premisa no se cumple.

Pero el repudio más grande de los venezolanos es el que ocasiona la partidización de la Fuerza Armada, convirtiéndola en un ente que presuntamente apoya a una revolución, que no existe en la Constitución Nacional. Tal situación violatoria de los más elementales principios democráticos, aunada a la creación de una inconstitucional Milicia Nacional ha sido denunciada constantemente contando con el silencio del Gobierno y sus altos jefes.

En el pasado estos revolucionarios de pacotilla criticaron acerbamente la presencia ante las cámaras de televisión -cuando la tragedia de El Limón en el estado Aragua- de Blanca Ibáñez, inapropiadamente vestida con uniforme militar; hoy repiten miles de veces tal situación, y da pena ajena por ejemplo, observar a Aristóbulo Istúriz vestido con uniforme militar de miliciano, con insignia de teniente y con una gorra de almirante.

Hagamos votos porque la actuación de nuestros militares vuelva a ser admirada y respetada y que su accionar desde los más altos mandos sea apegado a la Constitución. En esa tarea el general Padrino López tiene un gran reto que ojalá sea cumplido para que los venezolanos volvamos a elevar: ¡El prestigio militar!

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