El sol está amarillo por Aurora Díaz de Sánchez

El sol está amarillo, repelente y picoso, como anunciando agua y un sapito atrevido lanza su croar melancólico, quizás esperando le responda el eco en esta tarde que alegró su llegada con la noticia que me trajo una llamada desde tierras portugueseñas anunciándome que el sábado 30 de este mes de Octubre, cuando se reabran las puertas de nuestra amada y añosa casa Pulideña, celebrando con joropo y carne asada el reencuentro de los amigos y la devoción a La Pilarica, virgen peregrina que patronea nuestra barca hacia puerto seguro, harán presencia entre nosotros Joel Hernández y Yorman Tovar, llaneros de agua y de río, baquianos de verso y prosa larga, quienes aceptaron el convite y ya vienen rumbeando por sendas de la añoranza.

En razón a ello quise compartir una cartica que hace unos años, en uno de esas horas de confidencia plena, cuando se abre el pecho y dejas salir cosas que a veces piensas deben marcharse calladitas contigo, le dirigí a Joel, compañero de viaje en infinitas jornadas y tan hermano como Yorman en esta cruzada de pregonar orgullosos el sentimiento llanero que nos identifica. Dice así:

La noria del tiempo gira, y gira, sin detenerse, acumulando anhelos, ansiedades, pesares, en fin, expectativas, vida, momentos imborrables que te marcaron para siempre…

Hoy es una madrugada cualquiera de finales de Octubre de 2014. La noche estaba fría, oscura, impenetrable, y aprovechando la inusual ligereza de mis manos, quise sorprender al sol, respondiendo compromisos que son del alma…

Amigo:

JOEL HERNÁNDEZ PÉREZ

E.S.M.

Largas horas, días inmensos, inquietos, tardes pobladas de aceradas rumazones, extienden su paraguas desde el momento en que tu hijo José Gregorio –mío también, porque lo llevo en el alma, tal cual su madre lo llevó en el vientre– me trajo tu cartica mecanografiada, en el estilo que todavía nos envuelve, respuesta a la humilde misiva que motivada por tu modestia y la grandeza de tus composiciones, me atreví a enviarte, afianzada en recuerdos comunes y ese amor irreductible que nos hace pregonar orgullosos: SOY LLANERO!

Dicen que para vivir, hay que detenerse en el presente, y mirar al futuro, pues este lo construimos con los actos de ahora y las decisiones que señalan los pasos a seguir.

En estas setenticuatro entradas y salidas de agua vividas (que cada una tiene su encanto), acuérdate que el verano nos trae el dulzor ambarino de la miel de aríca, y el invierno viste los esteros y bajíos con el manto impoluto de los lirios sabaneros y el nazareno tenue que adorna los borales –he aprendido que para detenernos con firmeza en el presente, es preciso otear las lejuras, hurgando en el pasado, y tomar lo vivido, como espiguitas cargadas de semillas, prestas a volar al soplo del viento– quién quita si ese viento es “El Barinés”, cuando a las cuatro y media de la tarde se devuelve de las murallas ventisqueras que lo atajan en el cajón araucano, obligándolo, refrescando las tardes calcinadas, a regresar a su lugar de origen.

Tomando una a una las bridas de la hierba, se podía sembrar un potrerito, y si eras cuidadoso, con lo que te arrojara ese potrero, podías sembrar un hato.

Eran los tiempos cuando la vieja Ley de Llano decía que para tener derecho a que una propiedad se llamara hato, debía tener, por lo menos, una extensión de más de una legua de sabana (1.786 ha) si era medida guariqueña, o 2.500 ha. si la medida era española o moderna, y debía cosechar más de setecientos animales machos, anuales, de sus propios rebaños…

Llano hermoso e inmenso donde las alambradas no existían, el camino era de quienes lo hollaran con los pies encallecidos o los cascos de su caballo buscando rumbo, y el tamaño de los paños de sabana se medía por la extensión del leco del cabrestero, como bien dicen Carlos “Cachi” Ortegón y “Cholo” Valderrama, y la propiedad se probaba con el sabor dulce de los mamones, las ciruelas y los mangos sembrados por tus manos; por el retrato de tu cara, amanecida, en el agua clarita del jagüey, y los sitios donde se sembraron los ombligos de tus hijos.

Llano exigente y radical que aún, amigo, ante las avanzadas de la modernidad, te ruega, candoroso, que seas su heraldo, que dibujes sus paisajes, que recojas el canto de las guaruras y de las aves del monte (incluido el gutureo de las torcazas y el baile de las tiganas), y que ubiques en ese escenario, las emociones y los quehaceres del habitante de esta tierra, que con llanto en los ojos clama para que los conozcan –y no los olviden– las generaciones por venir.

Nuestros viejos probablemente querían significar, con el relato de las hebritas de paja espigadas, tomándolas una a una, desgranándolas, secándolas, germinándolas, viéndolas crecer y esperando cosecharlas, que anhelaban que se multiplicaran como la esperanza del llanero, íngrimo en el paisaje horizontal, pleno de fuerza y ganas de adelantar caminos que hagan cruces entre sabana, horizonte y lejanía…

Con la misma paciencia que esperamos ver germinar las espiguitas, así debemos confrontar inconvenientes y oportunidades, resolviéndolos uno a uno, mientras miramos plácidamente como cada solución da paso a otra, con fluidez y a tiempo…

He esperado la madrugada, cuando luces rosadas desdibujan las paredes manchadas de humedad del patio, como si el agua que escurriera desde las tejas rotas, pintara con dedos generosos estas nostalgias que ahora me atrevo a desgranar contigo.

Qué suerte, hermano mío, qué suerte, haber sido la compañera de viaje –en muy corta jornada– de aquél que adivinaba mis pensamientos, y los concluía en una frase o un beso –llamándome ¡mi reyna!– que luego, musicalizaba o me lo lanzaba en un contrapunteo, dejándome un generoso bagaje del que tú formas muy buena parte, junto a mi compadrito Juan del Campo y ese alquimista del alma, Guillermo Hernández.

Probablemente, las cosas más hermosas que Pedro Emi me dijo, no lo hizo en canciones sino en esa hora intima de confidencias, cuando las almas afines, se juntan, una vez y otra vez, como buscando la sublimación de los sentimientos, hacia la vibración de la hora final…

A menudo me decía que nadie sentía su música como yo, y que aún no sabía si a mí me encontró en el llano o al llano en mí, pero que realmente, no le importaba dilucidarlo, ya que los dos llenábamos a plenitud su corazón.

Sentía que su cuerpo lo inundaba la música, que un hilo invisible lo conectaba con el universo, que esa estrella fugaz que fue su vida, intensa, apasionada, sería tal vez insuficiente para darle armónica salida a las palabras y a los sentimientos que se le apretujaban entre el pecho y la espalda, y que tan solo drenaban cuando se abrazaba al cuatro y lo dejaba expresarse, como él quisiera. Tal vez por eso escribió canciones como “Romance en la lejanía”, que recorre todo el pentagrama, cuando Pedro Emilio jamás supo lo que fue estudiar, como tal, una nota musical.

…Era el año 55. Apenas 14 años se asomaban a mi carita rubicunda y a mis pelos churcos y catires. Pedro Emilio tenía 24. Era el cuatricentenario de Valencia, a la que llegamos desde Tinaquillo, nuestro pueblo natal, muy niñas, buscando nuestros padres mejores opciones educativas para nosotras.

El 25 de marzo celebraba Valencia su cumpleaños, y las ondas hertzianas de Radio 810, La Voz de Carabobo y Radio Valencia, difundían las voces de quienes hicieron de ese tiempo la década de oro del folclor llanero.

Juan Vicente Torrealba y sus “Torrealberos”, Valentín Carucí y el “Conjunto Palmarito”, José Romero y “Los Llaneros del Oeste”, Ángel Custodio Loyola y sus guariqueños, Mario Suarez, Pedro Emilio Sánchez, Marisela, Adilia Castillo, Magdalena Sánchez, Melecio García, Marcelo Quinto, Agueda y Yolanda, “Chavíto” Pineda y tantos otros sembrados en la memoria eterna y musical de Venezuela…

Entonces, todavía los coleadores: El “ñero” Guillén, Eloy Olaizola, Ramón Tabares, Heriberto López, Ramón Flores, Cleto Valdéz, “Ramonote”; “Chango” Gorrin, “Piquin” Montoya, entre muchos otros llegados de todas partes inundaban las calles valencianas, con rumbo hacia la recién estrenada manga de Guaparo, mientras hacían pininos los adolescentes Miguel Antonio Terán, Alfredo Zerpa Mirabal, Valmore Betancourt, Amado Aponte, Fernando Del Nogal, “Atun” Tapia, Daniel Soteldo, Darío Parra y rendían pleitesía a los ya veteranos, casi todos paridos en el llano, Pompilio Torrealba, Brigido Manrique, Rafael Guillermo Maluenga, el apureño “PARA-PARA” y el negro “Chorro de Humo”, a quienes nunca se les conoció otro nombre… los araucanos apureños Domingo González y Pedro Felipe Sosa Caro; en las tardes, valencianos y visitantes recorrían las calles en sus caballos enjaezados de postín, con charnelas de plata y pretales de cromo, coloreando a la provinciana ciudad…

Imagínate, solo por un instante, la cantidad de amigos que, posterior a esos festejos, acompañaban semanalmente a Pedro Emilio a vernos pasar –desde la acera del frente– a misa de nueve, de la puerta del Colegio de Lourdes a la entrada de la capilla, en el patio frontal del mismo, y luego “visitar a su tío Reynaldo” (mi papá), desde Caracas. Aún no habían concluido la autopista, que solo llegaba hasta Tejería.

Compañeras de fila eran las portugueseñas Ligia Fadúl y Carmen Lucía Teppa, la doloreña Consuelo Escobar Boves, luego guanareña, y la valencianas La “Coca” Castillo y Belencita Cedeño Mendoza, hija de la bariniteña María Mendoza, quien casó con Luis Cedeño. Ellas entre algotras de grata recordación, eran mis compañeritas de colegio y de sueños.

Apresurada, llegaba del colegio a las 12 del mediodía, para escucharlos en el programa que tenían en Radio “Cultura”, patrocinados por la “Sastrería Imperial”; y a las seis de la tarde, ya al aire “Televisa” los veía, con Alfredo Acuña Zapata al frente.

Los compañeros de viaje eran muchos, innombrables, por temor a ser mezquina y olvidar a alguno, tal vez de los más consecuentes.

A veces, lo acompañaba Eladio Tarife, gran amigo de la casa, hermano menor de Luis Hernández, el más grande coplero que jamás haya dado la tierra arismendeña. Fe de ello puede dar el portugueseño Agustín Díaz.

Era Luis compañero de faenas y mejor amigo de mi padre, “fama”, como en aquellos tiempos se nombraba a la pareja que con un cuchillo cortón, una manta, un caballo ligero, un cabo ‘e soga y un pial, acompañaba a otro llanero, como él, a sabanear, enfrentando los riesgos que la sabana, amiga y alevosa, les presentaba a diario, en los cuernos a toda punta de un morlaco de 600 kg. o en cualquier banco de arena movediza.

Estaba Eladio muy enamorado de mi prima Yolanda Hurtado, una bella muchacha de rasgos achinados, apenas dos años mayor que yo, y con la misma excusa nos visitaban en Valencia, y en Semana Santa, en Arismendi, en “San Antonio Reynaldero”.

Cuando venían a Valencia, posaban a una cuadra de mi casa, en la pensión de Doña Juanita de Agudo, la mamá de Eleazar, quien en su voz privilegiada nos regaló las más hermosas versiones de “Conticinio” y “Sabanita”, pero, generalmente los corredores de mi casa eran insuficientes para cobijar tantas colgaduras cuando, tarde la noche, concluían los ensayos que inventaban casi a diario, con la anuencia de papá. Todavía me pregunto cómo me gradué, y con muy buenas notas, de bachiller en filosofía y letras.

Estudiaba y soñaba. En mi estomago no aleteaban mariposas, sino que era como si bandadas de garzas paletas, corocoras, chusmitas, reales, morenas, arucos, golillúos, volaban desde mi corazón, buscando llano.

Pedacitos de mastranto envueltos en un pañuelito, un vestidito azul cielo del que se enamoró un día que pasó por una tienda, en la esquina de las gradillas y lo vio en un maniquí, una silueta recortada sobre cartulina por un artista callejero en la plaza Bolívar de Caracas, una arpita hecha de cuerno de res por un recluso, en la cárcel de Los Teques, formaban el tesoro que, a retazos, Pedro Emilio me entregaba y que fui acumulando, entre leves apretones de mano y besos furtivos, robados al amanecer de una despedida, en la historia, como tantas otras de unos amores escondidos.

Y así, llegó de pronto el mediodía de mi vida. Hermosísimos momentos vividos plenamente en nuestro llano total, se opacaron como si una tormenta tenebrosa les pusiera punto final.

…Era la madrugada del 4 de diciembre de 1981. Intentaba descansar en el chinchorro, sólo, huérfano de caricias, en nuestro cuarto de “La Querencia”, la finquita que habíamos hecho en el piedemonte, cerquita de Batatuy, con vista a la Sierra Nevada, al río y al llano…

Esa tarde regresaba de dejar entre los brazos amorosos de la tierra barinesa, para que entre ellos descansara eternamente, a mi turpial dormido, quien tres días antes me pidió en Nueva Orleans, que no lo dejara allá, que lo devolviera al llano…

Quería estar sola. Quería saber si los gritos, prisioneros, podían escapar cuando no había testigos, cancerberos, y si los cocuyos invierneros de mi compadre Eduardo Hernández Guevara serían capaces de atenuar mi aterradora soledad quizás porque en el más recóndito lugar de los espíritus, alentaba la idea de que tal vez ellos podrían alumbrarle el camino del regreso…

Tarde, en la madrugada, como a las tres, por primera vez desde que nos vinimos del llano, cantó un carrao, extendiendo su lamento, en el cañito del paso. Ahí, supe que no estaba sola, Ni entonces, ni ahora, ni nunca…

Aquí estoy, con mi soledad infinita, en mi casa de corredores viejos, con mi familia –mi nuera, mi ahijado, mi hijo, mi nieto que repite su nombre– y me atormenta con un único tono en el cuatro; acompañada por viejos fantasmas, que me sonríen y me dan palmaditas en los hombros, como diciéndome: “Espera, espera, que ya llegará el día no muy lejano en el que retornando de su viaje infinito, volteará la grupa de su caballo, y te dirá: “Ande, catira, recoja pá que nos vamos…”

No sé porqué te cuento estas cosas, que están guardadas como en un cofre viejo, escritas tal vez sobre hojas de papel amarillento, con tinta color sepia, desteñida de tanto lavarse con la lluvia que mana de mis ojos, aliviando los ardores de mi alma.

Sé que Dios en su infinita bondad te dio por compañera de viaje a Yosaira, quien te entiende como yo traté de entender a mi poeta, que comparte tus silencios y hace tibias tus noches, y te deseo que el amor de tus hijos y de tu hermano Héctor –también mi hijo– se multiplique de tal forma, que la sabana se llene de Florentinos y Mariselas, para que cuando nuestros huesos se vuelvan polvo al pie de algún caracaro cualquiera, las notas bandoleras o un arpa rezongona repiqueteen tu nombre…

Tú hermana,

Aurora Díaz de Sánchez

PD. Ponga hora y fecha a la anunciada visita,

Abrazos,

Aurora

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