Els Quatre Gats por María Soledad Tapia

Els Quatre Gats*

No hay manera de hablar sobre los gatos de modo que uno quede como una persona cuerda a los ojos de los demás.

Dan Greenberg

Bimba, Caracas.

¿Qué mayor regalo que el amor de un gato?

Charles Dickens

Cuando adopté a mi gata Bimba estaba en pleno conocimiento de que padecía leucemia felina, lo mismo que su hermanita Lola. Los veterinarios me dijeron que le diera una oportunidad. Bimba logró crecer saludablemente, no así Lola, junto a mis dos perritos rescatados constituyendo una feliz familia de mascotas queridas. Establecí con Bimba una relación afectuosísima. Sentí que me quería. Creo que era verdad. Una vez, teniéndola a mi lado le dije: “Bimba, no me mires tan fijamente. ¿Qué me quieres decir?” De no haber conocido el diagnóstico, y del hecho de que nunca engordó, se hubieran dado por sentadas las siete vidas decretadas para su especie. Como para honrar este guarismo, Bimba gozó de siete años de buena salud hasta que aparecieron los primeros síntomas de un desorden neurológico que la hacía estirar excesivamente su cuello como si estuviese percibiendo un delicioso y lejano olor a las sardinas frescas que le encantaban, o como cuando plena de salud, en una suerte de fototropismo, acercaba su cara a una de mis lámparas de mesa al estar encendidas. Ya enferma, posterior a este extraño movimiento, Bimba buscaba acurrucarse en algún sitio alto que le permitiera colgar la cabeza mirando al piso. Después vino la desorientación al caminar, el echarse para descansar después de pocos pasos, la hiperreflexia, el tremor en sus paticas y finalmente una marcha en saltos como si fuese un conejo. Parece Parkinson me dijo mi hermana Carolina. Llegó diciembre, época para posponer desdichas, y resolví que, dado el deterioro de su calidad de vida, en enero se tomaría la decisión de la eutanasia. Pero Bimba decidió por nosotros. La madrugada del 4 de enero murió a mi lado mientras dormía. Tal como si lo hubiésemos presentido, esa noche le dimos una cena especial a manera de la que se ofrece en ritual antes de la ejecución a un reo sentenciado a pena de muerte. Bimba tomó muchos mililitros de un caldo concentrado de patas de pollo que la hizo comer, nunca más apropiado el término, como una condenada. La llevamos a su bandeja de arena y no quiso hacer pipí por lo que la pasé a su cesta, la arropé y me lanzó una fija e inexpugnable mirada antes de quedarse dormida con rapidez inusitada. A las 3 de la mañana me di cuenta de que había muerto. Espero que el caldito de pollo no haya sido la causa y la hubiera matado de gusto. Y si así fue, pues murió feliz. He llorado mucho a Bimba lo mismo que mi familia. Mi cuñado Andrés, gatuno proverbial y perenne amo de gatos (y viceversa), además de ser muy apegado a Bimba, dijo que sorpresivamente pensó en ella en un momento de la madrugada de su partida. Es más, a la hora misma de su muerte, conclusión a la que llegamos después de cotejar la hora de su recuerdo y la hora en la que toqué a Bimba y me di cuenta de que no respiraba. Hora en la que declaré oficialmente fallecida a mi querida, determinada y valiente gatica.

Mi gata Bimba

Ceci. Verona.

  Un gato lleva a otro gato.

Ernest Hemingway

La gatica siamesa de mi amiga Yleana se llama Ceci. Es adoptada y llegó con un propósito: reparar el corazón magullado de su ama cuando partió Sissy, su otra gata de trece años, quien también murió durante su sueño en una vigilia de amor. Pues bien, mi amiga, de raíces italianas, viaja anualmente a Verona, pero nunca llevó a Sissy durante esas estancias, por ello, en esta oportunidad se sintió en la necesidad y deber redentor de viajar con Ceci para no dejarla tanto tiempo en Caracas al cuidado de otros. Ceci viajó en plena pandemia con todos sus papeles en regla y pasaporte sanitario felino, además, sin oponer resistencia alguna, sin reivindicación de su derecho a la libertad para elegir si vacunarse o no, por Turkish Airlines, aerolínea que años atrás era desconocida e impensable de convertirse en la única que permite a los pocos venezolanos que pueden viajar, conectar regularmente con el viejo continente en una inusual ruta Caracas- Estambul. Ceci llegó a Italia casi en verano y su ama la apertrechó con arneses para paseos a pie, en bicicleta y hasta en monopatín. Yleana confiesa que no fue fácil, que Ceci es caprichosa y temperamental y no le encanta salir a pasear por ahí como si fuese perro y menos en una cesta de bicicleta. Ya lo dijo Mark Twain: “De todas las criaturas de Dios, solo hay una que no se puede esclavizar con la correa. El gato”. Sin embargo, en las oportunidades en las que Ceci estaba de humor para ello, se constituía en una deliciosa novedad para viandantes, ciclistas y monopatinistas. Ni siquiera estar en Verona distrae a Ceci de su diaria “hora loca”, en la que corre de un sitio a otro, salta, se esconde, aparece intempestivamente, en una fiesta del libre albedrío. Esta actividad ha causado algunos daños materiales. Sin embargo, llegó el frío lo cual aumentó la reticencia de Ceci a salir, más no los intentos de su terca ama, de sacarla. A Ceci no le gusta el frío y por ello recurre a múltiples estrategias de evasión. O se sube encima de los gabinetes de la cocina desde donde es fácilmente avistada o se esconde detrás de una de las cortinas del recibo, totalmente inmóvil. Lo único con lo que no cuenta Ceci es que la cortina es bastante transparente y ella es fácilmente advertida sin el menor esfuerzo.

Ceci en Verona: sobre la campana de la cocina y escondida detrás de la cortina, para no salir.

Una amiga de Yleana le comentaba muerta de risa que Ceci estaba detrás de las cortinas como el “niñito fantasma” de la película “Tres hombres y un bebé”. Nadie lo entendía hasta que nos lo explicó con una fotografía. Ahora Ceci está próxima a regresar a su Caracas natal junto su obstinada ama.

Ñungo. Barinas

Ya sabes cómo lo hacen los gatos. Se ocultan para morir. Los perros regresan a casa.

Thomas Harris.

En mi casa paterna barinesa siempre tuvimos gatos. También perros. Los perros, a excepción del último miembro canino de la familia, un collie finísimo llamado Príncipe que nos regaló el tío Gustavo, todos los demás eran producto de una mezcla de razas que daba origen a sabuesos sumamente cariñosos, orejones y de grandes ojos tristes. Ese era el fenotipo que encantaba a mi papá. Invariablemente se llamaban Campeón o Capitán. Pero es de los gatos de los que hablaré. En este departamento no había preferencias especiales. Eran los que llegaban a casa y se quedaban. Hoy en día no entiendo por qué no recurrimos a la lógica opción de la castración, razón por la que nuestros gatos machos eran unos absolutos rufianes que salían en prolongadas parrandas nocturnas al son de las rocolas de los bares cercanos y preñaron decenas de gaticas barinesas contribuyendo a la sobrepoblación felina callejera. A mi papá, médico, nunca se le ocurrió; tampoco a nosotros. Eran cosas en las que no se pensaba en aquellos tiempos, como si nuestros gatos se adhiriesen estrictamente a aquello de “creced y multiplicaos” y la anticoncepción por cualquier método estuviese prohibida. Estos habitantes de la casa eran siempre muy consentidos. Tenían además voz propia que adquiría indistintamente el timbre de mi mamá o de mi papá, con sus cadencias y hasta puntos de vista. Recuerdo perfectamente un diciembre cuando mi papá, ya jubilado, regresaba con mi mamá de las compras matutinas. Venían de un abasto de comerciantes chinos ubicado en la avenida Marqués del Pumar en el local del antiguo abasto del recordado Pedrito Escalona. Pues bien, mi papá venía encantado ya que sus amigos chinos, con quienes hablaba de la China mientras mi mamá compraba, le habían regalado una especie de “cesta de Navidad” con varios productos para gatos. Mi papá declaró feliz: “Aquí el que salió mejor fue Ñungo”. Este era el gato de la casa para la época. Blanco, con algunas manchas negras, ojos achinados, cara amable, aunque para nada bonita, simpático y cariñoso, si bien un poco salvaje. Caminaba con el tumbao de un Pedro Navaja felino. Ñungo fue envejeciendo, pero la edad no fue óbice para alejarlo de sus díscolas costumbres de Casanova de la cuadra y zonas aledañas. En una oportunidad Ñungo desapareció por varios días, lo cual no era algo que causara especial alarma. Una tarde, mi mamá observó a una maltrechísima figura felina avanzar con dificultad por el caminito que conducía al porche de nuestra casa. Era un guiñapo. Un gato de color no identificable, gris tiznado de gris, con un ojo cerrado y abundantes rasguños importantes. Mi mamá, se asustó mucho y se envalentonó para echarle. Pensó que ese gato callejero podía tener rabia. El gato se dio vuelta y salió con dificultad. Sin embargo, al entrar a casa mi mamá se detuvo como habiendo recibido una iluminación: “Es Ñungo, es Ñungo, no lo reconocí y lo eché”. Corrió hacia afuera y allí estaba acurrucado, quizás para volver a intentar un regreso. Ñungo sobrevivió varios años más. Murió de viejo, con buena salud, aunque con aspecto de boxeador retirado que recibió muchos golpes en el ring.

Jet. Moscú

Todo aquí es tan libre, tan posible, tan gato.

Julio Cortázar

El hijo de mi querida amiga Krys vive en Moscú con su familia. Sí, en Moscú. Es un profesional excelente, de esos que la empresa transnacional para la que trabaja transfiere por el mundo. Tiene además una bella familia que obviamente se mueve con él. Su esposa, sus tres hijos – dos varones y una niña -, su perro Bleu, su gato Jet. Jet fue adoptado en Bogotá cuando era un cachorrito de apenas 2 meses. Su raza es Black Oriental Shorthair y el veterinario les advirtió que estos gatos son notorios por ser muy traviesos (como los siameses y tonkineses) y comunicativos. Ellos nunca pensaron hasta qué nivel esto sería cierto. Han declarado que es el gato más vocal que han tenido, les “habla” todo el día reclamando o dando su opinión sobre lo que transcurre en casa y que es más curioso que el gato promedio ¡lo cual es bastante decir! Tiene un maullido muy particular que al parecer es una característica de su raza. Todo esto lo hace un compañero excepcional, que cuando no está, su ausencia se nota mucho. Tiene además el talento de identificar quien en la familia necesita apoyo o compañía en un momento de enfermedad o estrés y adherirse a esa persona como una curita para ronronear y “amasar” con sus patas con insistencia. Sus amos humanos confiesan que es un personaje obsesionado con el agua. Se toma el agua de los floreros, del reservorio del arbolito de navidad y si se descuidan, de los vasos en la mesa. También le gusta subirse al lavamanos y tomar directo del grifo abierto. Un día, viviendo en Bogotá les dijeron que debían partir para Moscú. Empezó el proceso de mudanza. La familia humana se fue primero para instalarse. Después llegarían los no humanos, Blue y Jet. Lo cual ocurrió. Los transportó una empresa especializada. Todo fue perfectamente monitoreado, pero no lo dijeron a los niños para no crear expectativas por si algo ocurría. Llegaron. La emoción fue inmensa. Familia completa, familia reunida. Hay que decir que Blue y Jet se han adaptado muy bien lo mismo que los humanos. Todo ha funcionado de maravilla hasta este último gélido invierno moscovita de 2021. Resulta que Jet se extravió unos días antes de Navidad. Tragedia familiar. También residencial. Los vecinos de la urbanización y la urbanización de al lado estuvieron muy atentos y ayudando a buscarlo. Los niños imprimieron carteles en inglés y en ruso con su foto y los diseminaron por todos lados. Recibieron mucho apoyo y cariño de las personas que son amantes de los animales. Con cada día que pasaba perdían las esperanzas porque no era concebible que habiendo tantas personas buscándolo, el gato no apareciera. Transcurrieron diez días sin Jet. La nuera de mi amiga estaba una noche sentada en el comedor arreglando los regalos de Navidad. Absorta en su solitaria tarea mientras los demás dormían, dirigió distraídamente su mirada hacia la ventaja. Su corazón se detuvo. No creía lo que adivinaba ver. Aguzó la mirada para tratar de afinar su visión. Las ventanas son de doble hoja de vidrio. Afuera estaba oscuro. Se asomó al vidrio interior. Jet, tan negro, estaba afuera, igualmente tan negro, rasguñando infructuosamente con su patica pues nada del ruido que intentaba hacer para llamar la atención llegaba al interior. Rápidamente fue cargado con amor y llevado al calorcito del hogar. Estaba muy flaco, cansado y asustado, pero ¡había vuelto a casa! Ahora está otra vez sanito, recuperado. La familia espera que haya aprendido a no alejarse mucho y menos en una tormenta de nieve. Esta es una hermosa historia de Navidad. Jet decidió sobrevivir. Decidió volver. Ha intentado dar su versión de los hechos, pero no se ha llegado a ninguna conclusión, mientras tanto sigue siendo el dueño de la casa.

Simplemente Jet
Jet. Jet en su ventana de Moscú

Fin de la historia de estos cuatro gatos.

Dedicado con amor a todos quienes aman a esos seres especiales que son los gatos. Sobre todo, a quienes han perdido uno últimamente, como mi querida Lirio Valero a su Zungo.

María Soledad Tapia

*Els Quatre Gats («los cuatro gatos» en lengua castellana

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