¿En qué hemos cambiado? Por Ángel Oropeza

Partamos primero de dos necesarias precisiones metodológicas. En primer lugar, Venezuela ha sufrido en los últimos lustros un acelerado proceso de cambio en lo económico y lo político, al igual que en las condiciones de vida de sus habitantes. Como sujetos bio-psico-sociales que somos, es un error pensar que este proceso no afecta la forma en que los venezolanos perciben, sienten y se comportan. En otras palabras, si el país ha sufrido enormes transformaciones, es ingenuo pensar que su psicología no lo ha hecho.

La segunda precisión es que ciertamente la afectación de modelos políticos y sociales sobre la psiquis y la conducta humana puede estar presente en personas bajo cualquier modalidad de dominación política. Pero una variable clave para diferenciar y catalogar el impacto negativo de un régimen político como generador de un auténtico trauma psicosocial en su población es la dimensión, la generalización y el tamaño del daño psicológico causado.

La forma en que ciertos regímenes generan fundamentalmente un daño a la condición humana como tal, más allá del deterioro que provocan en los órdenes social, político y cultural de la población, ha sido ampliamente estudiado en la literatura psicológica. Conceptos acuñados por diversos autores, como el de “vulnerabilidad psicosocial”, “sufrimiento ético-político”, “daño antropológico” y “trauma psicosocial” son expresión de la preocupación de la ciencia por este fenómeno.

Este daño a la condición humana no es por supuesto exclusivo de determinados regímenes políticos, en toda la esfera que va desde un extremo capitalista liberal hasta otro extremo de socialismo comunista. Pero el venezolano del 2021 no ha vivido los últimos 4 lustros bajo “cualquier modelo” sino bajo uno específico, uno que se propuso desde sus inicios la creación de un “hombre nuevo”. ¿Cuál ha sido el resultado concreto de esta afectación concreta?

Para responder a la pregunta, y dado lo limitado del espacio disponible, vamos a valernos –a manera de ejemplo- de tan solo 4 indicadores psicosociales ampliamente utilizados en el mundo, para ilustrar el cambio en la psiquis y la conducta de los venezolanos. Ellos son grado de satisfacción con la vida, percepción subjetiva de bienestar personal, afecto negativo y control del destino o control del futuro. Revisemos muy brevemente cada uno.

  1. El llamado “índice de satisfacción con la vida”  es uno de los mejores predictores, tanto de algunas enfermedades (especialmente circulatorias) como de episodios de indefensión y vulnerabilidad ante situaciones difíciles del entorno. Los grados de satisfacción subjetiva con la vida en América Latina son en promedio más altos que el resto del mundo desde hace décadas. De hecho, para el año 2018, 73% de la población latinoamericana declaraba estar satisfecho con su vida. Sin embargo, el país del continente que más ha perdido satisfacción de vida es Venezuela, que pasa de 87% en 2009 a 65% en 2018, siendo la caída más estrepitosa de toda la región. Hoy, en comparación con sus pares latinoamericanos, los venezolanos son quienes menor satisfacción con la vida manifiestan tener.
  2. Otro indicador muy conocido es la percepción subjetiva de bienestar personal (Subjective well-being).  En el año 2013, Venezuela ocupaba el puesto 25 de un total de 178 países de la muestra estudiada. En la medición 2017-2019, el país baja al puesto 99 de 153 evaluados. La medición de la magnitud de la caída o deterioro de este indicador (desde 2008 hasta 2019) ubica a Venezuela en el último lugar (149 de 149 países). En otras palabras, ninguna población del planeta -ni siquiera las que han sufrido conflictos bélicos o desastres naturales- ha perdido más en lo que es la percepción de sus habitantes sobre su propio bienestar y el de sus familias que los venezolanos.
  3. El llamado “afecto negativo” es un indicador de 3 mediciones de estados anímicos, a saber, preocupación, rabia y tristeza. Para el año 2019 nuestro país ocupaba el puesto 33 de 153 países estudiados. Pareciera una buena noticia, salvo que mientras más hacia 1 esté el país, más negativo el indicador. Así que la población venezolana no solo se encuentra entre las de mayor afecto negativo del mundo, sino que además desde 2012 hasta 2019 Venezuela es el noveno país del planeta entre los que sufrieron mayor deterioro en este índice, siendo superado solo por la República Central Africana, Nigeria, Chad, Mali, Benín, Ruanda, Costa de Marfil y Zambia. A la hora de evaluar el estado anímico de los venezolanos en lo que se refiere a sus grados de preocupación, rabia y tristeza, esos son nuestros referentes.
  4. Para finalizar este breve muestrario de la severa afección del régimen gobernante en Venezuela sobre la psiquis y la conducta de sus habitantes, revisemos el llamado “índice de control sobre el propio destino (o control personal sobre el futuro)”. Este mide el grado en que la persona percibe el control que tiene sobre su propio futuro y los acontecimientos por venir, así como la percepción subjetiva de libertad para escoger qué hacer en su vida. Tiene una fuerte relación con la morbilidad física y psicológica, y con la calidad o naturaleza de las respuestas ante entornos hostiles. De hecho, es uno de los factores claves de riesgo cuando se evalúa la vulnerabilidad psicosocial de una persona o de una población. Pues bien, en la medición del año 2019, nuestro país ocupa el puesto 139 de 152 países estudiados. Solo los habitantes de Turquía, Yemen, Tunisia, Chad, Madagascar, Mauritania, Líbano, Islas Comoras, Grecia, Haití, Algeria, Sudán y Afganistán (que ocupa el primer lugar) sienten menos control sobre sus propias vidas que nuestros hermanos venezolanos.

Los datos anteriores se presentan, de nuevo, a manera de ejemplo debido al limitado espacio disponible. Existen muchos más indicadores psicosociales medibles y cuantificables, que dan cuenta del grave daño que sobre la psiquis de los venezolanos ha producido un modelo político de explotación y opresión deshumanizadora.

Ante esto muchos preguntan si este daño es reversible. Por supuesto, algunas lesiones y traumas psicosociales son más difíciles de sanar que otros. La principal razón para la esperanza es que estas afecciones han sido generadas por un entorno político hostil, o –en lenguaje psicológico- han sido “aprendidas” en la interacción con un ambiente pernicioso. Por tanto, si estas afecciones son producto de ese aprendizaje, se pueden también desaprender. Pero eso pasa inevitablemente por cambiar las contingencias políticas de reforzamiento de tales patologías sociales. Además, otros países de la región han pasado por situaciones similares, aunque no iguales en gravedad y extensión, y hoy muestran rasgos psicosociales mucho más positivos y funcionales.

La lucha por la liberación democrática de Venezuela no solo persigue, por tanto, el imprescindible cambio político en la conducción del Estado, sino la necesaria superación de las actuales condiciones de explotación psicológica y social cuyas consecuencias sobre los venezolanos son tan trágicas como demostrables.

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