“Cuando Londres venció el cólera en el siglo XIX, no hizo falta una vacuna ni un fármaco, sino un sistema de alcantarillado. El agua potable de la ciudad se mezclaba con los desechos humanos, propagando bacterias en un brote mortal tras otro. Una nueva red integral de alcantarillas separó a los dos. Londres nunca experimentó un brote importante de cólera después de 1866. Todo lo que se necesitaba eran 318 millones de ladrillos, 23 millones de pies cúbicos de hormigón y una importante reingeniería del paisaje urbano. El siglo XIX y principios del XX fueron testigos de una serie de ambiciosos esfuerzos de salud pública como este. Estados Unidos eliminó la fiebre amarilla y la malaria con una combinación de pesticidas, manejo paisajístico a gran escala, y mosquiteros. Una por una, las enfermedades que la gente aceptaba como hechos inevitables en la vida (disentería, tifoidea, tifus, por nombrar algunas más) se volvieron inaceptables en el mundo en desarrollo. Pero después de todo este éxito, después de todo lo que hemos hecho para prevenir la propagación de enfermedades a través del agua y los insectos, parece que hemos pasado por alto algo. Pasamos por alto el aire”.

Así Comienza Sarah Zhang, periodista, quien por cierto estudió neurobiología, un formidable artículo en la prestigiosa revista The Atlantic, titulado El plan para detener todos los virus respiratorios a la vez. Los beneficios de la ventilación van mucho más allá del coronavirus. ¿Qué tal si también se aplica a los virus de los resfriados y las gripes?

La Srta. Zhang hace esta reflexión después de la clara evidencia de que el virus SARS-CoV-2 se transmite principalmente por el aire, a través de aerosoles. Entonces, lanza otra reflexión: “Si vamos a vivir con este coronavirus para siempre, como parece muy probable, algunos científicos están presionando para reinventar la ventilación de los edificios y limpiar el aire interior. No bebemos agua contaminada. ¿Por qué toleramos entonces respirar aire contaminado?”.

Aerosoles y la enfermedad del legionario

Al hablar de aerosoles como medio de transmisión del coronavirus que nos atormenta actualmente, es pertinente recordar a una bacteria que fue descrita en 1976, precisamente por causar un brote de una neumonía grave en personas que asistían a un encuentro de la Legión Americana en un centro de convenciones de Filadelfia, Estados Unidos. La enfermedad pasó a conocerse como la enfermedad de los legionarios.

Resulta que esta bacteria, Legionella pneumophila suele encontrarse en lagos, ríos, arroyos, aguas termales y otros sistemas hídricos; entonces, la pregunta es ¿cómo llegó a los legionarios reunidos en un cómodo y seco salón de convenciones?

La respuesta correcta es: En forma de aerosoles en el aire acondicionado del salón.

Desde entonces L. pneumophila ha estado asociada a brotes relacionados con sistemas hídricos artificiales mantenidos deficientemente, en particular, torres de enfriamiento o condensadores de evaporación utilizados para sistemas de acondicionamiento de aire y refrigeración industrial, sistemas de agua fría y caliente en edificios públicos y privados, e instalaciones de hidromasaje.

Según la OMS, la forma más común de transmisión de Legionella es la inhalación de aerosoles contaminados producidos en conjunción con pulverizaciones, chorros o nebulizaciones de agua. La infección también puede tener lugar a través de la aspiración de agua o hielo contaminados, sobre todo en pacientes vulnerables hospitalizados.

Con el coronavirus y otros virus respiratorios ¿cambiar “el chip” hacia el aire?

Pero vayamos a enfermedades respiratorias comunes transmitidas por virus, como la gripe y los resfriados, las cuales se propagan a través del aire por aerosoles.

En esta ocasión, la fuente de los virus en cuestión no es el agua de ríos ni de sistemas hídricos como en el caso de Legionella, sino ese húmedo entorno que representa nuestro aparato respiratorio. Una persona infectada descarga partículas con estos virus respiratorios al aire del ambiente, desde pulmones o desde el tracto superior (laringe, garganta, nariz) en gotículas visibles o en partículas mínimas invisibles, que tiene comportamiento aerodinámico diferente. Se considera que tan solo las partículas superiores a 100 µm tienen comportamiento “balístico”, son más pesadas, se pueden depositar en el suelo y otras superficies en pocos segundos por efectos de la gravedad y pueden recorrer en algunos casos una distancia de hasta 2 metros desde la persona que las emite. No pueden ser inhaladas, pero estas partículas podrían alcanzar a una persona susceptible que estuviera cerca impactando en algún lugar (ojos, boca, nariz) desde el cual podría causar la infección. Cualquier otra partícula menor de 100 µm queda suspendida en el aire por un tiempo elevado, de segundos hasta horas, que puede ser inhalada a una distancia superior a dos metros del emisor o incluso en ausencia de un emisor si aún persisten suspendidas en el aire. En función de su tamaño o comportamiento aerodinámico, los aerosoles desde 15 µm hasta 100 µm alcanzan las vías respiratorias superiores, los aerosoles desde 5 µm hasta 15 µm pueden alcanzar la tráquea y bronquios principales y los aerosoles menores o iguales a 5 µm, tienen capacidad para llegar hasta los alveolos.

De nuevo Zhang dice esto: “Hace mucho que aceptamos los resfriados y las gripes como hechos inevitables de la vida, pero ¿lo son? ¿Por qué no rediseñar el flujo de aire en nuestros edificios para prevenirlos también?

Esto sería algo de enormes dimensiones pues los costos a gran escala de ese tipo de remodelaciones de infraestructura serían, sin duda, astronómicos de abordar, y se requeriría de regulaciones, normas, diseño y operación de edificios, relacionados con el aire que respiramos.

Un artículo publicado en la revista Science, titulado: Un cambio de paradigma para combatir las infecciones respiratorias en interiores, nos comenta que, si bien la escala de los cambios requeridos es enorme, esto no está más allá de las capacidades de nuestra sociedad, lo cual comienza con el reconocimiento de que la prevención de infecciones respiratorias -así como lo ha sido la reducción de enfermedades transmitidas por el agua o los alimentos- es también un problema manejable que debería impulsar un cambio de paradigma.

Pensando en aire, ¿y el de los aviones?

Siete eventos de transmisión de SARS-CoV-2 ocurridos durante vuelos realizados desde el 24 de enero de 2020 hasta el 21 de septiembre de 2020 se han publicado en revistas científicas arbitradas. Los mismos han sido analizados exhaustivamente en un artículo titulado “Transmisión en vuelo del SARS-CoV-2: una revisión de las tasas de ataque y los datos disponibles sobre la eficacia de las mascarillas faciales”. En uno de estos eventos, se informa que un pasajero sintomático probablemente produjo 15 casos secundarios durante un vuelo de 10 horas. Otro estudio sugiere que, a pesar de que los pasajeros tuvieron resultados negativos en las pruebas de SARS-CoV-2 antes del vuelo, es probable que se produzcan transmisiones durante los viajes.

Sin embargo, la industria de la aviación afirma que incluso con un pasajero infeccioso a bordo, el riesgo de infección durante el vuelo es bajo y cita el uso a bordo de altas tasas de ventilación (hasta 30 cambios de aire por hora (ACH)) y filtros HEPA como mitigaciones efectivas para la dispersión en aerosol de SARS-CoV-2.

Un artículo en el Journal of Travel Medicine, titulado “Transmisión a bordo de COVID-19 basada en datos experimentales de dispersión de aerosoles”, modeló la dispersión de aerosoles en la cabina. Los resultados indican que, si bien existe una reducción significativa en la concentración de aerosoles debido a la naturaleza del sistema de ventilación y filtración en la cabina, esto no significa necesariamente que exista una baja probabilidad o riesgo de infección durante el vuelo. Sin embargo, el uso de mascarillas, sobre todo las de alta eficiencia como las KN-95, reduce significativamente este riesgo: si todos los pasajeros usan máscaras durante un vuelo de 12 horas, la probabilidad promedio de infección se puede reducir 73% con máscaras de alta eficiencia y 32% con máscaras de baja eficiencia.

Pero hay más: La posibilidad de propagación aumenta durante el servicio de comidas a bordo cuando los pasajeros se quitan las máscaras. Para ello el estudio sugiere escalonar la entrega de las comidas de modo que la mitad de los pasajeros coma a la vez, mientras que los pasajeros contiguos continúen con las mascarillas puestas. Otra cosa: abordar y desembarcar presenta un riesgo de transmisión mayor que cuando el avión está en el aire, pues los pasajeros se amontonan, respiran unos encima de otros, especialmente con la gestión del equipaje de mano en los departamentos superiores de almacenamiento de la nave.

¿Y el aire de recintos cerrados, aulas, tiendas? ¿Nuestras casas?

Es muy importante estar conscientes del aire que respiramos y llevar este enfoque a todos los entornos, el doméstico incluido.

Una transición a un enfoque de transmisión por aire gira en torno a un concepto simple y poderoso: COVID se propaga al respirar aire compartido, respirado por personas infectadas, y este aire infeccioso se acumula en ambientes cerrados, en interiores.

Esto quiere decir que el aire que respiramos ha estado en los pulmones de alguien más que quizás esté infectado por coronavirus. De allí la recomendación cada vez más frecuente de usar medidores de CO2 en ambientes cerrados como un indicador de riesgo de contagio, porque al respirar, las partículas que van en aire exhalado, pueden estar cargadas de virus y quedar suspendidas en el aire por largo tiempo. Entonces, se puede inferir que, si la concentración de CO2 en un espacio interior es alta, también lo será la del coronavirus en caso de que haya una persona enferma en ese lugar. En un espacio bien ventilado la cantidad de dióxido de carbono es inferior a 700 partes por millón (ppm) y hay un bajo riesgo de transmisión del virus. Idealmente sería 400 ppm.

La presencia del dióxido de carbono en un sitio cerrado, de ser superior a 700 partes por millón, es una señal de que la ventilación es deficiente y de que existe la probabilidad de infección con coronavirus.

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Un excelente y premiado artículo publicado en el diario “El País” de España en 2020, titulado “Una sala, un bar y un aula: como se propaga el coronavirus por el aire”, presenta una descripción gráfica general de la probabilidad de infección en tres ambientes en espacios interiores, tres escenarios cotidianos distintos, en los cuales el riesgo de contagio es mayor por ser espacios cerrados pero que se puede reducir aplicando todas las medidas disponibles para combatir el contagio por aerosoles, dependiendo de la ventilación, las mascarillas y la duración del encuentro.

A continuación, el diagrama inicial de una de las tres situaciones en ambientes interiores, descritos en: Un salón, un bar y una clase: así contagia el coronavirus en el aire. Un aula de clases con 24 alumnos. Vaya al artículo original para que vea lo que sucede.

El 16 de noviembre de 2021, el diario irlandés Irish Examiner publicó esta noticia: “Mientras se dan 4.642 nuevos casos reportados de Covid-19, los expertos piden certificados de ventilación en edificios para proteger a los trabajadores”.

Aquí algo de lo que dice el artículo:

  • La ventilación como herramienta para reducir la transmisión de Covid-19 se ha vuelto más prominente en los mensajes de los organismos sanitarios a medida que ha evolucionado la comprensión de cómo se propaga el virus.
  • Establecer una norma o estándar para la ventilación ayudaría a los propietarios y empleadores, y las agencias gubernamentales pertinentes podrían asesorar sobre cómo mejorar los sistemas.
  • La gente se sentiría mucho más cómoda entrando en un restaurante u otro lugar público cerrado, si estos locales mostraran abiertamente un certificado de ventilación.
  • Existe una regla empírica ampliamente aceptada de que, para garantizar una buena ventilación, cada persona debe recibir 10 litros de aire fresco por segundo. Ese podría ser un estándar.
  • Los lugares de trabajo o las escuelas pueden usar monitores de CO2 para medir la calidad del aire.
  • Los edificios deben tener como objetivo una concentración de CO2 lo más cercana posible a los niveles exteriores (400 partes por millón). Esto puede ser difícil de lograr cuando la ocupación es alta y la ventilación natural es la única fuente de aire fresco.

Corolario

Con este artículo se ha querido informar y sensibilizar sobre el importantísimo tema de la transmisión aérea del SARS-CoV-2.

  • Extreme sus precauciones en ambientes cerrados.
  • Cuide y haga mantenimiento regular de sus sistemas de aire acondicionado, bien de uso doméstico o de ambientes con muchas personas (aulas, sitios de trabajo, de ocio, etc.). En estos últimos debería usar idealmente purificadores de aire con filtros especiales como los HEPA. Considere medidores de CO2.
  • Para depurar el aire no es recomendable usar desinfectantes (a menos que el espacio esté vacío), ni limpiadores de aire que incluyan moléculas como OH, H2O2 y que pudieran producir aerosoles tóxicos.
  • Procure los espacios bien ventilados o al aire libre.
  • Use su mascarilla de la forma correcta.
  • Conserve la distancia de dos metros con otras personas.
  • Lave con frecuencia sus manos.
  • Vacúnese.

María Soledad Tapia

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