Kim Basinger, el ocaso tranquilo del mito erótico de los 80 y los 90

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Muy a su pesar, siempre será recordada por su ‘striptease’ al son de Joe Cocker. Ahora, cuando cumple 65 años, vive alejada de Hollywood

Kim Basinger sigue explotando su faceta de ‘sex symbol’ a los 63 años
El irremediable ocaso no parece haber hecho mella. A los 65 años, la que fue sinónimo de erotismo y seducción en la década de los 80 y los 90, vive cómodamente instalada en la irrelevancia, en paz y con el brillo intacto, radiante aún en sus pocas apariciones en saraos hollywoodienses y lejos del azote de la prensa sensacionalista. Kim Basinger, la belleza perenne de Athens, Georgia, está de cumpleaños.

Bien podría haber esquivado el clásico abandono que le reserva Hollywood a las mujeres de su edad, por muy idílica que haya sido la relación por el camino. La amplia estela de la era dorada de la televisión ha ayudado a cambiar notablemente el panorama para actrices que parecían condenadas a un segundo plano o a las grutas del olvido. Pero Basinger no ha sabido -o podido- incorporarse a la era del revival.

Su último desfile por una alfombra roja fue con motivo de la segunda entrega de la trilogía basada en las novelas de E. L. James, Cincuenta sombras de Grey, en 2017, en un papel más simbólico -por tratarse de una cinta de corte erótico- que de calado para la actriz de Georgia.

En realidad, lo último reseñable en su carrera fue el rol que le sirvió para llevarse el Oscar a Mejor Actriz Secundaria. Eso fue en 1998 por la cinta basada en la novela policíaca de James Ellroy, L.A. Confidential, un trabajo redondo antes de protagonizar un pronunciado declive en su carrera.

Ahora Hollywood parece haberle colgado la etiqueta de actriz difícil de contratar. Pesan sobre ella varios factores en contra. Para empezar, su pasado como mito erótico, una era que comenzó con su papel como Domino Petachi en Nunca digas nunca jamás, convertida en chica Bond, y la célebre portada para Playboy ese mismo año, 1983. Después de eso, le fue casi imposible sacudirse de encima la aureola de objeto de deseo pese a sus intentos de refugiarse en papeles más serios. Y aún hoy le condiciona.

Tampoco tuvo éxito su apuesta posterior al Oscar para consagrarse como una intérprete de envergadura, Soñé con África, una cinta de Hugh Hudson sobre una madre soltera que se traslada a Kenia junto a su hijo. El batacazo en taquilla, sonado, con 14 millones de dólares recaudados frente a una inversión de 50 millones. Y el palo de la crítica, doloroso.

De vuelta, por su hija
A eso hay que añadirle su timidez por naturaleza y el miedo escénico que ha marcado gran parte de su carrera. Basinger nunca escondió sus problemas con los ataques de ansiedad. “Todavía me pongo ansiosa algunas veces, pero he trabajado muy duro en ello para que no me paralice como solía”, indicó en una entrevista reciente.

Lo bueno, sin embargo, es que poco parece importarle. Si volvió a hacer cine fue porque su hija Ireland, fruto de la relación con el actor Alec Baldwin, se lo pidió con insistencia. El papel que interpreta en Cincuenta sombras más oscuras, de Elena Lincoln, le hacía ilusión a la joven por ser el de una mujer de carácter. No parece haber en sus planes de futuro el ansia por brillar como solía.

“Rezo cada noche para que este planeta en el futuro piense en algo más que en ‘Nueve semanas y media'”

“No siento presión porque no estoy donde solía estar y no quiero volver allí”, indicó en una entrevista con EL MUNDO. “Lo estuve y fui muy afortunada, muy querida, con muchas bendiciones. Pero sería muy triste tener 60 años y querer tener 20 otra vez. No es un lugar sano para estar”.

Entre esas bendiciones, papeles para el recuerdo como Batman, junto a Jack Nicholson, o Cita a ciegas, con Bruce Willis de pareja o El mejor, la cinta que le sirvió para llevarse una nominación al Globo de Oro como Mejor Actriz. Pero por encima de todas la que la encumbró como la sex symbol de la época, el despliegue erótico de Nueve semanas y media (1986) junto a Mickey Rourke. La propuesta del siempre provocador Adrian Lyne fue un desastre de recaudación en Estados Unidos aunque un tremendo éxito a nivel internacional, con las constantes reposiciones en televisión durante décadas.

La crítica se cebó con el filme. Aún así, supuso un espaldarazo para la carrera de la actriz de Georgia y el recuerdo que llevará adherido como una bomba lapa a perpetuidad. Su escena de striptease, con música de Joe Cocker de fondo, la elevó a los altares del cine erótico universal.

“Rezo cada noche para que este planeta en el futuro piense en algo más que en Nueve semanas y media”, dijo en su momento la rubia platino. “Pero lo que recuerde la gente de mí poco me importa, la verdad”.

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