La frustración y sus errores Por Ángel Oropeza

Los venezolanos vivimos, objetivamente, en un caos disfrazado de país.

Nuestra realidad cotidiana de aumento acelerado del empobrecimiento colectivo y dificultad creciente para al menos sobrevivir, están produciendo 2 consecuencias principales. Por una parte, un progresivo agravamiento y tribalización de las condiciones de vida de la mayoría. Y, por la otra, un ambiente psicológico generalizado de angustia, disgusto y frustración. Permítanme detenerme hoy en este último punto.

La frustración es una respuesta emocional aversiva que se produce cuando las expectativas de las personas sobre cómo desean que sean las cosas no resultan satisfechas, o cuando no se logra conseguir lo pretendido. Ante la frustración, las personas reaccionan de maneras diversas, pero una de las conductas típicas y más frecuentes es la búsqueda de responsables de la situación frustrante.

La adjudicación de responsabilidades actúa como un mecanismo básico en el funcionamiento psicológico de las personas, porque tendemos a creer que un suceso queda explicado satisfactoriamente cuando descubrimos, o creemos descubrir, por qué ha ocurrido. El mecanismo es tan básico, que la conducta de mucha gente depende más de su interpretación atribucional que de los hechos objetivos. Lo importante es que el proveerles de una explicación, no importa su certeza, reduce al menos parcialmente el malestar asociado con la frustración.

El problema con tales explicaciones es que, dado que su objetivo funcional es más importante que su grado de veracidad, resultan muchas veces equivocadas. Veamos sólo unos pocos ejemplos.

Para mucha gente, si el costo de la vida es cada vez más caro y la inflación no detiene su ascenso, es por culpa de los comerciantes inescrupulosos. Si tenemos el más alto nivel de embarazo precoz del continente, es por culpa de las familias que no educan bien a las niñas, o quizás porque estas últimas son muy “sinvergüenzas”. Frente a la explosión de violencia y delincuencia, es porque el venezolano “ha perdido los valores”. Si la oligarquía gobernante continúa haciendo desastres en el país, es porque los venezolanos ya se entregaron y dejaron de luchar. Y hasta hay quienes creen en una de las mentiras más grandes y al mismo tiempo más fácilmente demostrable, y es que la ya larguísima crisis económica que sufrimos es consecuencia de las sanciones que la comunidad internacional ha impuesto a algunos corruptos y violadores de los derechos humanos.

Lo cierto es que la comida es cara y la que no es escasa, porque el gobierno se empeña en un modelo que en todas partes donde ha sido aplicado produce el mismo resultado de escasez y hambre. Nuestro alto nivel de embarazo precoz no es culpa de nuestras niñas ni de sus familias, sino que está asociado a la cada vez más temprana deserción escolar y a la ausencia de una política de integración de las adolescentes al trabajo y al estudio. La delincuencia se nutre de la altísima impunidad del sistema judicial, la cual a su vez se asocia con razones de naturaleza político-partidista. Lo que vivimos en Venezuela no es un asunto de “pérdida de valores” de los ciudadanos ni de ninguna “descomposición moral” del pueblo. Es, por encima de todo, la consecuencia trágica e inevitable de un modelo fracasado que sólo sirve para enriquecer a unos pocos a costa del dolor y desdicha de la mayoría.

Y en cuanto al último ejemplo, lo cierto es que la tesis oficialista de suponer la penuria de la gente como ocasionada por las sanciones internacionales no resiste un mínimo análisis.  Y para muestra, sirvan sólo unos muy pocos ejemplos. Recordemos que las sanciones a funcionarios individuales del régimen comenzaron a imponerse apenas a  mediados de  2016. Pero la caída de la economía viene de 2014, cuando las sanciones no existían. En términos acumulados, en el período 2014-2016, la economía venezolana perdió 24.5% de su tamaño real, y desde entonces no ha parado de derrumbarse.

El índice nacional de precios al consumidor cerró 2015 en 270%, la cifra más alta registrada hasta entonces por el BCV en la historia del país y la más elevada de todo el planeta, mucho antes que el tema de las sanciones apareciera en la agenda internacional. Los niveles de inflación ascendieron por encima de 500% en 2016, y desde entonces no han dejado de crecer. El inalcanzable costo de la vida y la inflación desbocada que sufrimos los venezolanos no tiene nada que ver con sanciones internacionales, y sí con una política económica que sólo ha traído hambre y miseria.

Ejemplos como los anteriores abundan, pero lo importante es subrayar que las sanciones decididas por algunos países de la comunidad internacional no son la causa de la crisis, puesto que demostradamente ésta es muy anterior a aquellas, sino la consecuencia del comportamiento de un régimen que ha violado leyes y ha transgredido todas las normas posibles en detrimento de los venezolanos y en su propio beneficio.

Ahora bien, una cosa es que esto sea verdad, y otra distinta que la gente la conozca. Por ello es importante acentuar el necesario trabajo de docencia social aguas abajo entre la población, como herramienta imprescindible para evitar que sea víctima de este nuevo ciclo de guerra psicológica oficialista, reforzadora de los diagnósticos errados que genera la frustración colectiva. Ya es bastante grave que la gente sufra, para que encima desconozca por qué o, aún peor, adjudique sus problemas a causas que no lo son.

El camino de la liberación democrática y transformación de Venezuela no es lamentablemente tan rápido y fácil como lo demanda con lógica justicia el dolor y la angustia de la gente. Pero la natural frustración por ello no puede llevarnos a diagnósticos errados que al final contribuyen a perpetuar lo que hay que combatir.

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