¿Nos han mentido y fueron los legionarios romanos criminales de guerra?

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En efecto. La historia, aunque no lo parezca, también puede ser presa del “marketing”. Si no lo creen, basta con que rememoren los conceptos negativos a los que se asociaba la conquista española del Nuevo Mundo hasta hace una década. Lo mismo sucede con la leyenda rosa que se ha generado alrededor de algunos períodos pasados como el de la Antigua Roma. Resulta imposible, y en parte con razón, no relacionar a sus soldados con la eficiencia y el orden. No obstante, se suele obviar que los legionarios romanos de la República (primero) y del Imperio (después) aplastaron con rudeza ciudades como Cartago y reprimieron tres levantamientos judíos por la fuerza. Y ello, sin olvidar lo que algunos autores han denominado el genocidio galo de Julio César.

¿Fueron los legionarios romanos y sus generales, pues, unos criminales de guerra de su tiempo? Esta es una de las muchas preguntas que se plantea el profesor titular y director de estudios de Ciencias Clásicas del Churchill College Jerry Toner en su nuevo ensayo histórico: «Infamia. El crimen en la Antigua Roma» ( Desperta Ferro, 2020). Una obra en la que, además, hace un interesante recorrido por las diferentes infracciones que se penaban en esta época y analiza -entre otras tantas cosas- las barbaridades perpetradas desde el Estado por algunos de los mandatarios más conocidos. La respuesta, como era de esperar, alberga muchas aristas que este británico trata de desentrañar. Aunque su máxima es que, en el contexto de la época, actuaban como la mayor parte de los ejércitos.

Esclavos
Para empezar, Toner, partidario de que es difícil tildar de criminales de guerra a soldados que combatieron dos mil años antes de que naciera ese concepto, analiza la visión que los romanos tenían de los pueblos vencidos. «Si un general conquistaba una ciudad, se consideraba que todos sus habitantes quedaban a su completa merced», señala. No solo eso, sino que entendían que, una vez que el enemigo capitulaba, los responsables de las legiones tenían la potestad de respetar la vida y la libertad de los civiles o de vernderlos como esclavos. Algo, por otro lado, habitual en la época.

El «Digesto», una parte de una gran compilación de leyes hecha por Justiniano en el siglo VI, así lo recogía al confirmar que la palabra «servus» (esclavo) derivaba del verbo «servare» (servir). «Aludía a la decisión de los generales de salvar o no a la población», añade el autor.

Las cifras no son halagüeñas en lo que respecta a los cautivos. Se calcula que, en el siglo I a. C., había entre dos y tres millones de esclavos en Roma, lo que suponía un 40% de la población. Acorde a los resultados de un estudio elaborado por el profesor de Ciencias Clásicas Kyle Harper, este porcentaje se redujo a un 10 – 15% entre los años 260 y 425 d. C. Es decir, unos cinco millones de personas.

Trato al vencido
Aunque ha pervivido la idea de que los romanos respetaban al pueblo vencido y le permitían formar parte de su vasto territorio en igualdad de condiciones, Toner recuerda que, como dejó escrito Cicerón, los derechos de los derrotados «no se tenían por absolutos ni por inviolables». Por el contrario, eran un reflejo del comportamiento que habían mantenido durante la contienda ante los ejércitos de la Ciudad Eterna.

Así, aquellos quye se rendían ante las legiones romanas al comenzar la guerra merecían un trato mejor que quienes se defendían hasta el final. «Cuando un adversario se doblegaba de forma voluntaria a cambio de una garantía de seguridad, Roma se convertía en su patrona y adquiría el compromiso de protegerlo», añade. En este sentido, lo habitual era que mantuvieran las promesas hechas a los derrotados.

¿Qué sucedía si las ciudades no se rendían de inmediato? El resultado solía ser la ejecución de toda su población adulta (ya fueran civiles o militares) y la «venta de todas las mujeres y niños como esclavos». A su vez, la ciudad solía ser saqueada, sus edificios eran demolidos hasta los cimientos y se confiscaban sus terrenos más fértiles para establecer en ellos una colonia permanente de ciudadanos romanos. Aunque, eso sí, dejaban vivir a aquellas personas que residían en los pueblos de alrededor, pues eran la base de la economía de esa urbe. «En la práctica, suprimían a los líderes políticos, a sus miembros más adinerados y a sus principales instituciones y templos», añade el autor.

En la orilla opuesta, los pueblos que denominaban bárbaros (en la práctica, todos aquellos que no eran romanos) solían demostrar gran crueldad con las legiones vencidas. Valga como ejemplo la derrota que sufrieron ante los germanos en el bosque de Teutoburgo. Después de tender una trampa a los invasores, y tras conseguir que se rindieran, los nativos clavaron sus cráneos en picas, colgaron a los prisioneros de decenas de patíbulos y, según Toner, «descuartizaron de forma salvaje a los tribunos y a los principales centuriones» en otros tantos altares edificados para la ocasión. La vista de esta brutalidad desmoralizó a los exploradores que fueron enviados a la zona por Roma tras la contienda.

Guerras justas
Lo que sí tenían claro los romanos eran las características que debían tener las guerras para considerarlas justas. La primera de ellas, según explicó el historiador Cicerón, era que se emprendiera para repeler una ofensa o la invasión de un territorio. A su vez, disponían de varios rituales para declarar un enfrentamiento. Por otro lado, eran muy críticos con las «artimañas» que algunos generales usaban para obtener ventajas frente al enemigo. El mismo autor clásico puso como ejemplo el comportamiento de Cleómenes, un rey de Esparta que, tras pactar una tregua de treinta días con sus adversarios, les atacó después de la puesta del sol. Según arguyó, porque en el tratado no se hacía referencia a las noches.

En palabras de Toner, los romanos otorgaban gran importancia a los dioses. Su máxima era tener de su lado a las deidades durante el conflicto, ya fueran propias o del enemigo. Así, lo habitual era que dirigieran alguna plegaria para que entendieran las razones del conflicto. «Nunca barajaron como un problema moral que los objetivos de la guerra justificaran la pérdida de vidas humanas y los demás daños ocasionados. Ante todo, parece que sentían la necesidad de contar para sus acciones con una especie de justificación superior que fuera más allá del propio interés egoísta», añade.

Prisioneros
Otro de los factores a analizar es si los legionarios romanos eran despiadados o no con los prisioneros. Lo más frecuente a lo largo de la República y el Imperio es que los ejércitos no maltratasen a los reos. Así lo defendió Tito Livio en su magna «Historia de Roma», donde especifica también que no era extraño que reyes y ejércitos enteros recibiesen el perdón de Roma y quedasen libres. Esta decisión se veía favorecida si su pueblo no se había resistido a la conquista y habían entregado las armas al comenzar los combates. En caso contrario, el alto mando podía castigar de manera ejemplar a su enemigo acabando con la vida del líder de la revuelta y exponiendo su cadáver como escarmiento.

El autor también es partidario de que no eran pocos los casos en los que los generales se veían obligados a perpetrar actos que hoy consideraríamos una barbaridad para asegurarse de que el enemigo no tomaba de nuevo las armas en su contra. El ejemplo más claro se dio en el siglo I a. C. en la Galia. Después de doblegar la dura resistencia de Vercingétorix en Uxellodunum, Julio César ordenó amputar la mano derecha a los cautivos y los dispersó a lo largo de la región.

Por otro lado, no era habitual que los generales masacraran a los reos cuando tenían problemas para alimentarlos o temían que pudiesen escapar y unirse al contrario, algo que sí hicieron los pueblos que ellos consideraban bárbaros. Sabemos por el historiador Apiano que, cuando los cartagineses fueron acorralados en un «paso estrecho», Aníbal ordenó asesinar a los 5.000 prisioneros romanos que marchaban junto a él para evitar que se rebelasen.

Saqueos y violaciones
Por lo que sí eran tristemente conocidas las legiones era por saquear hasta la última riqueza de las ciudades que conquistaban. Un ejemplo claro se dio en el año 209 a. C., cuando las tropas de Escipión se hicieron con la ciudad de Cartago Nova. Después de tomar la urbe tras una dura resistencia, el general siguió la costumbre romana y ordenó a sus soldados que mataran a todos los hombres, mujeres y niños. La locura continuó hasta que el general enemigo depuso las armas, pero entonces comenzó el latrocinio. Polibio, con todo, dejó escrito que los robos se atenían a límites estrictos y que solo se llevaban a cabo para «debilitar al adversario» y generar terror entre sus aliados.

Otro tanto sucedía con las violaciones. Toner es partidario de que, al menos durante los conflictos, los legionarios solían abusar de las mujeres del enemigo «con relativa frecuencia». «En la práctica debieron ser innumerables, pues sus agresores solían considerarlas parte de la recompensa que se les debía por sus victorias», añade.

Uno de los últimos puntos que analiza el autor anglosajón en su completa obra es si las legiones romanas arrasaban las ciudades por las que pasaban. En sus palabras, lo habitual era que solo acabasen con aquellas cuyos ciudadanos se habían resistido a la invasión. Con todo, también especifica que las atrocidades eran normales en la mayoría. «El propio Livio narra la absoluta devastación acaecida cuando los romanos saquearon la ciudad itálica de Alba en el 672 a. C. Los soldados demolieron la urbe con el derribo de cada una de sus casa», finaliza.

 

FUENTE: ABC/Manuel P. Villatoro

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