PEDRO FELIPE SOSA por Aurora Díaz de Sánchez

Amaneció lloviendo: una garuíta fina acaricia la mañana, con la ternura de una noviecita adolescente que seca la cara del amado con sus manos, y desde la radio se escucha la voz lejana de Cristobal Jimenez cantando “Vestida de Garza Blanca”; y automáticamente pienso en su autor, compositor, poeta padre Pedro Felipe, mi amigo hermano de lejanos tiempos y me obligo a poner en blanco y negro parte de ese compromiso que me ciñe el pecho y me obliga a dejar testimonio de este emblema del llano total: nacido en Tame, de madre colombiana –tameña– y padre venezolano, de las costas de nutrias, en Barinas, cuyos ancestros llegaron a esa tierra piemontana siguiendo las ilusiones libertarias que comandaba el “Catire“ Páez, el de Curpa, y allá el Sosa de acá dejó su simiente para que se multiplicara en poetas soñadores, llanerazos universales, responsables de presentarle al mundo en su exacta dimensión espiritual, el pedazo de tierra donde nacieron. Entonces, curucuteando recuerdos, extraje de los mismos estas añoranzas que hace ya cierto tiempo escribí para:   

PARA PEDRO FELIPE SOSA CARO

El 16 de Enero de 2014, en Bogotá, escribí para “Pedro Jelipe”, con motivo de su cumpleaños, la siguiente remembranza:

Era una tarde gris. El sol, iridiscente, desmayaba sus rayos, casi perpendiculares he iluminaba la calle de tolvaneras finas e ilusiones, con un polvillo lejano, dorado, como si fueran luciérnagas intermitentes o cocuyitos invierneros adornando el chamizo seco por el verano, de algún espinito sabanero.

Soplaba el cornetín de Don Miguel Síso; las voces, olorosas a aguardiente, se animaban como las cintas que adornaban las ventanas.

Y en la cortina de esa luz difusa, avanzaba un jinete que ceñía con sus piernas a un zaino guacharaco que con las crines al viento respondía al taloneo, en sus ijares. En las manos, traía la cola de un lebruno corni-rosao de más de 600 kg.

Maña, fuerza, destreza; caballo, toro y hombre, concentrado, mirando que las orejas del animal se alinearan, derechitas, en señal de que tenía las cuatro patas en el aire, y entonces era el tiempo de tirar la coleada haciendo pasar al caballo, tumbando al morlaco en vuelta de campana, dejándolo mirando al cielo, frente al palco de guafas, desde donde, atónita, presenciaba los hechos.

Con el impulso que le imprime al viento el pecho de su caballo, pasa de largo y regresa sereno, victorioso, caracoleando al patiblanco. Se detiene y asciende por la talanquera en busca de la cinta que le corresponde por esa hermosa coleada.

…Mi pecho se agitaba de emociones, y con los brazos protectores de Pedro Emilio sobre mis hombros, supe que el centauro que se perfilaba en el cielo mantecaleño, era Pedro Felipe Sosa Caro, ya capitán de sueños y hermano del alma de mi amado negro.

Pedro Felipe Sosa Caro

Admiraba al amigo ignoto, bien sea por la pasión de Pedro Emilio al hablar de sus versos secretos; por la mirada dulce de lejanías –que se prendía en los ojos profundos, como lagunas en una tarde preñada de arreboles– de Beatricíta Hernández, su amada desde siempre, o porque ya el daimón del llano  jugaba conmigo y me decía quién era mi hermano, quien también era mi espejo…

Entonces vinieron los tiempos de conversar por horas, de aprovechar el instante del encuentro, teniendo como techo el cielo sobre mi llano viejo o intentando pescar estrellitas fugaces en los cauces del Apure o del Arauca…

Cuántas veces fueron los médanos de La Soledad, en el cajón araucano, o las canteras cunavicheras en San Miguel, o junto al Cristo de la Mata, en “La Trinidad”, de José Natalio; en el corredor de nuestra casa, “La Cachilapo”, en San Fernando de Apure, con la presencia amiga de Cesar Augusto Petit Gudiño, “El Pequeño”, su hermano de afectos y correrías, que se hicieron eco de aquellas confidencias, de campechana a campechana, de las que fui testigo, atenta y silenciosa.

A veces, me pregunto si acaso fueron los borales inmersos frente a Puerto Miranda, o los playones extendidos , como lenguas sedientas, buscando las sabanas de Cravo Norte en Arauca, o las vegas de mangas coberas, en tierras guariqueñas…O quizás las calcetas del Pauto, en Casanare, lo que lo hizo poeta, y no obtengo respuesta, porque hasta me da rabia pensar que en un solo pecho pueda caber tanta ternura, tanta bondad, tanto amor puro para cantar a su tierra, a la mujer, a los sentimientos, a la humanidad…

Entonces, me respondo como si hablara sola, y me digo que él sabe. Que es único. Que es el hombre con la piel del viento; y que mientras sus canciones se aquerencian en los chaparrales y recogen susurros enamorados en los charquitos de agua de la sabana, él evoca al abuelo Sosa, el viejo revolucionario, con camisa de libertades, que le dio nombre a un municipio de Barinas, frente a un río de andanzas guerrilleras en un vaporcito roncador; y piensa en la madre buena y dulce, amorosa y aromosa –como su nombre, Rosa– quien vió la luz en un pueblo de montaña y llano, mirando sabanas y bebiendo frío de serranías –TAME– que quedó bañado de sangre venezolana, la que allí se sembró desde los tiempos en los que la ruta Libertadora atravesó esas sabanas.

Su parto, fue un relámpago que lo llenó de luz; el río Arauca lo cobijó en pañales de espuma, la sabana lo estrechó sobre su pecho, y nació –por todo eso– en medio de mi llano total, ése que sabemos dónde comienza, pero ignoramos si acaso termina, porque está en el corazón del llanero, y donde él está, ahí está el llano.

Su mapa es la sombra del ala de su sombrero; y su extensión, la de sus ansias, porque los únicos linderos que conoce y respeta son los del viento…

El hilo musical del universo se nutre de sus canciones. Sinfónicas internacionales repiten sus melodías…El alcaraván, Vestida de Garza blanca, Olvídala, Corazón; Garceros de Soledad; y tantas otras que primero galoparon el llano en las más calificadas voces, y luego trascendieron fronteras, abriéndole las puertas de la inmortalidad, mientras sus décimas y sonetos se esparcen en las tardes familiares, de comunión y fervor, entre amigos, los hijos, la esposa, los sobrinos –ausentes y presentes–…

Hoy, es merecidamente Doctor “Honoris Causae”, y se le declaró Patrimonio Cultural. Su música y sus letras del pueblo, han vuelto al pueblo, que las repite como propias, y si me preguntaran cuál de sus obras consideraría la mejor, respondería que todas, porque en cada una deja plasmado el sentimiento que nos embarga, porque sabemos que él es nuestro trovador. Es poeta. Sabe de coplas, de cuartetas, de redondillas, de espinelas, de romances, y, como bien refiriera en una oportunidad el poeta José Vicente Rojas que le dijera José León Tapia, que “para graduarse de poeta” había que saber hacer sonetos, también es Pedro Felipe muy bueno en ellos. Él es intérprete de nuestros sentimientos…

¿Qué como sé todo esto?

Porque Yo Soy El Llano!

Aurora Díaz de Sánchez

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