Un chigüirito en Hamburgo por María Soledad Tapia

Hace varios años mi hijo mayor Camilo viajó desde Hamburgo donde reside hasta Barinas para visitar a su abuela Carmen Dolores. Un día, en medio de una de las crisis de temblores parkinsonianos de la abuela, Camilo, nieto amoroso, pasó un largo rato acostado a su lado tratando de distraerla enseñándole fauna de Australia a través de su teléfono celular. Así, repasaron el koala, el ornitorrinco, el demonio de Tasmania, el canguro, todos los cuales la abuela miraba encantada, aunque un poco distraída pues decía conocerlos. Entonces, apareció un animalito precioso, regordete, de cara dulce, una mezcla de roedor de comiquita con oso de peluche, y ella preguntó de qué animalito se trataba. Camilo, contento por haber logrado captar finalmente la atención de la abuela, le dijo sentenciosamente:

-Ese es un wombat, abuela. Son marsupiales muy particulares y simpáticos.

Entonces revisaron muchas fotos y videos de wombats y la abuela dejó de temblar.

Años después, recogiendo las cosas de mi mamá cuando ya había partido, encontramos en una de sus agendas una nota con su caligrafía deformada por su mano temblorosa:

“Wombats, Australia, Camilín y Jo, lindos”.

El interés de Camilo -quien ya es alemán- por Australia va mucho más allá de la fauna y la flora de ese maravilloso país de Oceanía, el cual ha visitado varias veces pues conoció y casó en Alemania con una preciosa y culta australiana a quien todos adoramos y de quien una vez escribí después de una estancia con ellos:

…Y llegar a casa para cenar platos venezolanos hechos con amor por mi australiana nuera, la misma que ama el vegemite, que hornea perfectamente las tradicionales “Anzac biscuits” (receta de las madres de los soldados enviados al frente de la Australian and New Zeland Army Corps durante la Primera Guerra Mundial, siglas que dan nombre a la galleta), la misma que ama el meatloaf, los “pies”, los más variados vegetales al vapor, y que por amor aprendió a hacer pabellón criollo, a desmechar y sazonar deliciosamente la carne alemana y a usar la olla de presión para las caraotas negras… Jo, quien también canta melodiosamente “Amazing Grace” y habla un dulce español teñido de caraqueñas armonías.

En el caleidoscopio geográfico en el que se ha convertido las vidas de los venezolanos, mi hija Andrea, quien ya es catalana, y Candela, mi nieta adorada de dos años y medio, planificaron parte de sus vacaciones navideñas en Hamburgo.

Los preparativos siempre son agradables. Camilo los iba adelantando a quienes estamos lejos:

“Hoy fui al Victorian Market, un mercado navideño que la comunidad británica de Hamburgo organiza todos los años. En uno de los puestos había muchos animalitos de adorno en un mostrador. La señora que los vendía se emocionó mucho cuando reconocí que tenía wombats. Al parecer era la primera vez que los hacía y no estaba muy segura de que le hubieran salido bien. Compré uno como un regalo para Jo, pues ya ustedes saben que los wombats son australianos. En la cajita del regalo estaba la tarjeta de la artesana. Ya en casa, Jo, pensando en la visita de Candela, le escribió a la señora y preguntó si podía hacer un chigüire.  La señora le pidió una foto. Jo buscó en Google: “capybara” (Hydrochoerus hydrochaeri) y dos días después llegó el chigüire a casa. Jo le escribió para darle las gracias y la señora le respondió que a partir de ahora los “wasserschweine” serían parte de su zoológico navideño”.

Mi hermana Carolina escribió emocionada a Camilo y a Jo:

¡Que bella historia! Gracias a Jo, los chigüires venezolanos adornarán algunos arbolitos alemanes.

Todos estábamos felices pensando que Candela, hija de barinesa pues Andrea nació en la Clínica Nuestra Señora del Pilar de Barinas, nieta, bisnieta y tataranieta de barineses y pare usted de contar por el lado materno, conocería a un chigüirito en Hamburgo, aunque fuese de adorno.

Nuevamente la pandemia hizo de las suyas.

El viaje de las catalanas a Alemania fue cancelado ante la arremetida de la variante ómicron en Europa.

El chigüirito de Hamburgo tendrá que esperar por Candela. Quizás el viaje se replanifique para Semana Santa.

Eso sí, nadie le va a decir a Candela, y espero que Camilo no le haya dicho a Jo, que, en esa época, esos bellos “wasserschweine” pueden estar en un plato en Venezuela y no en un árbol de Navidad en Alemania.

¡Larga vida a los chigüires y a los wombats!

Que el 2022 sea misericordioso con toda la humanidad.

El wombat y el chigüirito que esperaban a Candela en Hamburgo por Navidad

María Soledad Tapia

Recibiendo 2022, tercero, y ojalá, último año de pandemia.

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