Venezuela tiene el mejor sistema del mundo Por Claudio Nazoa

En estos días convulsos en los cuales muchos solo leen una línea, reconozco que puede resultar peligrosa la manera con la que he titulado. Os ruego continuar la lectura hasta el final y ojalá que el título de la crónica de hoy no espante a los lectores.

El más importante sistema que había conocido hasta hoy era el Sistema Solar. El Sol, en la inmensidad del universo, resulta ser tan solo una insignificante estrella que ilumina a ocho planetas que giran alrededor de él que, a su vez, es una estrella microscópica en la Vía Láctea que, a su vez, es una manchita en medio de cientos de millones de galaxias que existen en el universo.

Lo asombroso e inexplicable es que en ese mundo microscópico llamado Sistema Solar existe algo más microscópico y misterioso aún: un puntico azul en donde habitan extraños seres vivos, entre ellos, el ser humano.

Lo anterior es un preámbulo para decirles que en Venezuela existe El Sistema. Es tan grande como el universo, y no exagero al decir esto. En medio de la emoción que me abruma, trataré de contarles, estimados lectores, una visita guiada que hice al edificio del Sistema de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, que hoy en día solo se identifica como El Sistema.

Nuestro buen amigo Javier Vidal me invitó a realizar una visita guiada en el edificio de El Sistema. Fui inocentemente para ver de qué se trataba y puedo jurarles que quedé traumatizado. Pero fue un trauma bonito y bueno. Un trauma paradójico porque en lugar de daño, me hizo mucho bien y espero que ese bien dure para siempre. Eso ocurre cuando descubrimos cosas únicas en la vida, como la que descubrí ese día.

Casi todos sabemos, más o menos, qué es eso de El Sistema. Lo relacionamos siempre con un programa magistral de educación musical a través de orquestas fundadas en el año de 1975, por el maestro José Antonio Abreu. Son esas cosas que se saben que son buenas, pero hasta allí.

Queridos amigos, El Sistema es algo mucho más grande que un grupo de músicos de diferentes edades que pertenecen a una muy buena orquesta. Es mucho, pero muchísimo más. Hay tantas cosas que quisiera contarles, que me da miedo que este artículo se convierta en un fastidio. Pero, en fin, correré el riesgo y se los explicaré.

El Sistema atiende a 1.012.000 niños y jóvenes quienes, desde los rincones más apartados de Venezuela, no solo aprenden a tocar un instrumento, a fabricarlo, a arreglarlo o a cantar. No. La cosa va más allá. Todos los niños, jóvenes y viejos que como yo se acercan a El Sistema, descubren que la vida es bella, que lo bueno existe, que lo merecemos y que la excelencia, junto con la perseverancia y el talento, pueden florecer hasta en los más alejados y a veces inhóspitos lugares. Adonde llega El Sistema, llega también una forma diferente de ver y enfrentar la vida. Les cuento la visita.

En la puerta del edificio nos esperaba el polifacético y apuesto Javier Vidal, quien, al parecer, ocupa allí un cargo arrechísimo que desempeña muy bien. Nos recibió también el amigo Eduardo Méndez, quien fue el guía turístico del paseo. Eduardo, hace algún día 46 años atrás, de ser un niño participante de El Sistema, pasó a convertirse, ¡vaya responsabilidad!, en el director ejecutivo y, claro está, en uno de los actuales impulsores para continuar el sueño de José Antonio Abreu.

Frente a la entrada principal, sin tocar instrumento alguno, una enorme orquesta de salsa cuyos integrantes pertenecen todos al núcleo del 23 de Enero de Caracas, nos saludaban amablemente. Es de destacar que estos músicos tienen la misma formación y nivel de exigencia que los de la Orquesta Simón Bolívar.

Cerca de los salsosos, los sonrientes integrantes del Ensamble de Metales, trompetas, trombones y tuba en mano, entraron ansiosos por hacer hablar a sus instrumentos musicales. El silencio se rompió y la interpretación quedó a la altura por el virtuosismo y pasión de los jóvenes. Se inició así, la bienvenida musical. Después de una pieza, nos invitaron a pasar al interior del impresionante edificio de El Sistema.

Entrar a esa edificación es vivir el sueño de un amante del arte cinético. Es tener por un rato a Jesús Soto en el cielo y a Carlos Cruz-Diez, tapizando con policromía el suelo que pisan nuestros pies. Ya eso comienza a traumatizar. De pronto, a mitad del pasillo, nos tropezamos con una de las cosas más emocionantes de la visita: la Orquesta de Iniciación Musical, la cual, literalmente, está integrada por talentosos bebés. Allí, maravillado, descubrí a niños de 6 años tocando con la responsabilidad de un adulto profesional y la satisfacción lúdica de un pequeño de su edad, el mayor tendría como 12, calculo yo, no más. Ellos nos deleitaron no solo con su música, sino también con la belleza de la niñez sana, demostrándonos que no todo está perdido en este país convulsionado que tanto queremos. Esos niños, con ansias de aprender, me hicieron sentir que tendremos un futuro promisorio.

Seguimos nuestra visita y nos encontramos con los muchachos de la escuela de Luthier. Son jóvenes que construyen y reparan los instrumentos de las orquestas. Algunos lograron ser becados en el exterior y como acción multiplicadora, al regresar, luego de aprender tan difícil y meticulosa profesión, se dedicaron a enseñar a otros un oficio noble que enriquece el alma del ser humano.

No salíamos de la fascinación de ver a esos fabricantes de instrumentos, cuando nos topamos con la Orquesta Caracas Big-Band. Eso fue otro asombro, no solo por la calidad de sus interpretaciones, sino porque escuchamos a Patricia Mora, una niña de 12 años quien, en perfecto inglés, interpretó “Don’t You Worry ‘Bout a Thing” de Stevie Wonder. Parece mentira que esa dulce criatura de voz portentosa, a tan corta edad, haya alcanzado tal perfección vocal y de interpretación.

Cuando pensábamos que no podía haber más, nos condujeron a la sala Fedora Alemán. Allí, la Orquesta Alma Llanera, integrada por jóvenes que tocan instrumentos criollos, nos esperaba. No quedó más remedio que, merecidamente, aplaudir de pie a aquellos muchachos que engrandecen los instrumentos autóctonos. Yo, entre emocionado e incrédulo, me preguntaba: pero, ¿hasta dónde va a llegar esto?

Con las manos hinchadas de tanto aplaudir, supuse que era ese el apoteósico final de la travesía. Pero, no. La maldad siguió. De pronto, sin ton ni son pero con mucho son, la Venezuela Sound System comenzó a tocar. Ellos son un grupo de nueva creación en El Sistema, integrado por músicos y cantantes que, no exagero, creo que no existen. Ellos interpretaron “We are the champion” de Queen, en homenaje a Freddie Mercury. Imposible describir esto con palabras.

Exhaustos ante tanta cultura y talento, llegamos al éxtasis al entrar a una de las más bellas salas de concierto que he visto, si es que acaso no es la más bella. Me refiero a la sala Simón Bolívar, en donde no haría falta escuchar nada para ser feliz y es que, visualmente, ella, en sí misma, es una obra de arte. Es como si entráramos al corazón y al cerebro de Carlos Cruz-Diez. Las sillas son un enorme cuadro al igual que el magnífico telón que, cuando sube, deja al descubierto un maravilloso órgano de tubos construido por la compañía alemana Orgelbau Klais, donado por la Fundación Polar. En este sitio único, de pronto, aparece la elegante Orquesta Simón Bolívar, considerada una de las cinco mejores del mundo. Un breve concierto nos emocionó por su intensidad.

Yo no sé los demás, pero yo, en cada butaca de ese templo, veía el rostro sonriente de José Antonio Abreu, quien no está en el cielo, él vive en esa sala, que es mejor.

Exhausto y cabizbajo por haber recibido tanto, uno dice: qué lástima, ya debemos regresar al feo mundo que nos espera afuera. Pero no. Antes de salir teníamos un último regalo, la Orquesta de Salsa del 23 de Enero nos puso a bailar.

Desde mi corazón, doy gracias a El Sistema, no solo por permitirme ver un mundo que creía que no existía, sino por enseñarme que en Venezuela es posible que las cosas buenas florezcan a pesar de las circunstancias y por, junto a otros artistas y personalidades, haberme concedido el honor de nombrarme embajador padrino de las orquestas. Qué honor ser parte de un proyecto que nació en democracia, hace 46 años, y que no ha dejado de crecer.

Ese millón y pico de niños y jóvenes son atendidos por más de 10.000 personas empeñadas en creer que podemos tener una Venezuela bonita. Si quieren saber más de lo que les estoy hablando, visiten www.elsistema.org.ve

Otro día, cuando se me pase el trauma, seguiré escribiendo sobre El Sistema, el mejor del mundo. Me despido con un mensaje que el maestro José Antonio Abreu, creador de esta maravilla, me susurró en el oído cuando ese día se sentó a mi lado:

“Soñar solo no es más que un sueño.

Soñar con otros es transfigurar la realidad”.

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