Rafael Simón Jiménez cree que aún es posible la unidad absoluta en la oposición.

No se necesita ser muy avezado o inteligente, para entender que al definir una estrategia política, los diseñadores  de la misma deben evaluar sobre la realidad, al menos tres factores que resultaran determinantes para una planificación e implementación  exitosa de la misma. En primer lugar el contexto es decir  la situación política, económica, social y cultural sobre la que se pretende actuar, y de manera particular su incidencia sobre la opinión y el ánimo de los ciudadanos.

El segundo elemento decisivo para el trazado de una  ruta asertiva, es la valoración de la denominada “correlación de fuerzas “que no es más que establecer con meridiana claridad, cuales son los sectores,  que respaldan la situación imperante o el status  quo; quienes son favorable a la transición y el cambio, e incluso quienes pueden estar en posición de neutralidad  o indiferencia. El tener claro el campo real y potencial para la acción política, debe determinar  la amplitud de la convocatoria y el mensaje, donde la lógica y el sentido común indican que la estrategia correcta  debe favorecer el ensanchamiento de las fuerzas del cambio, la neutralización o atracción de sectores no definidos y por consecuencia debe procurarse la reducción, división y aislamiento de los sectores que respaldan al adversario.

El tercer factor que la  simple lógica impone, es la construcción de un mensaje alternativo y motivador capaz de entusiasmar y movilizar a todas las fuerzas proclives al cambio. Ese mensaje debe tener interlocutores y portavoces,  que por su autoridad, credibilidad y  trayectoria,  sean capaces de transmitirlo con credibilidad  y convicción. El liderazgo –individual o preferentemente colectivo – juega un papel fundamental en la construcción de un amplísimo movimiento capaz de convocar la diversidad ciudadana en función del objetivo principalísimo: garantizar la derrota del régimen y la reconstrucción del tejido político, social e institucional en el marco de la democracia y la libertad.

Para el razonamiento y las directrices anteriores, no se necesita haber leído a los clásicos de la teoría política o del arte de la estrategia militar, es la lógica del Perogrullo, la que debe guiar las orientaciones para entender en el caso concreto de la situación venezolana que:

1. Existen todas las condiciones “objetivas “para el cambio político: la tragedia humanitaria que martiriza la vida de los venezolanos, genera un deseo mayoritario de cambio, que no se materializa, desde hace años por falta de claridad, desprendimiento y compromiso de quienes dirigen a las fuerzas democráticas.

 2. Que el régimen de Nicolás Maduro, agotado, desprestigiado y erosionado en su base de apoyo social, solo conserva –además de la capacidad inagotable de equivocarse de sus más  prominentes adversarios- el poder que deriva de la represión y la fuerza, implementados a través de la violencia legítima del estado, por medios militares y policiales, junto a  la actuación  irregular de grupos armados afectos.

Esas dos premisas iniciales deberían por fuerza del simple sentido común y la lógica, llevar a otras dos conclusiones: 1. Que la estrategia para la derrota y sustitución del régimen debe basarse en aglutinar, organizar, motivar y movilizar el inmenso descontento popular, articulándose a través de la protesta y  la lucha social y reivindicativa y la utilización efectiva de la vía electoral y el voto, que son precisamente, el  terreno donde el régimen acumula su mayor debilidad.  2. Que para que la estrategia electoral, pueda ser exitosa, debe estar construida sobre la mayor amplitud, convocando y permitiendo la participación de los sectores más plurales y disimiles, cuyas fronteras incluso deben ampliarse hasta los  disidentes del régimen. Deben desterrarse  definitivamente todas las visiones sectarias, excluyentes, banderizas y por supuesto las conductas basadas en ambiciones personales, protagonismos,  rivalidades y disputas impertinentes.

Las venideras elecciones regionales y municipales de Noviembre, se presentan como una extraordinaria oportunidad para poner a prueba de nuevo,  la responsabilidad- o irresponsabilidad- del liderazgo opositor. Para ello simplemente y de nuevo apelando al sentido común podemos evidenciar que:

1-. Como se viene constatando, desde la elección de Nicolás Maduro en 2.013, las fuerzas de respaldo al gobierno representan una minoría que se encoje día a día como consecuencia de la tragedia colectiva en que transcurre la vida de los venezolanos, esa realidad recogida por todos las mediciones de opinión ubican el respaldo al régimen en no más del 18% cifras ratificadas por la votación obtenida por el oficialismo en las elecciones parlamentarias de diciembre pasado.

2. Que el gobierno con esa precariedad de apoyo solo puede imponerse en el terreno electoral si la mayoría que lo adversa opta por: a) abstenerse de votar b) dividirse, fraccionarse y atomizarse permitiendo de esta manera que la minoría oficialista se imponga.

En consecuencia, quienes tienen la responsabilidad de construir una estrategia de cara a las elecciones de noviembre próximo,  están obligados a precisar, quien es en realidad el adversario; Que no puede ser otro que un gobierno que en más de dos décadas ha saqueado y destruido material, moral  y afectivamente a Venezuela, y cuya sustitución resulta imperativa, para lo cual la victoria en las 23 gobernaciones y 335 alcaldías se constituye en objetivo primordial de las fuerzas democráticas , en una ruta para la transición y el cambio.

No obstante la fuerza de la razón y la lógica, que impone una política de unidad que permita la confluencia en un solo candidato democrático de todos los sectores adversos al régimen, en todas las posiciones en disputas el próximo 21 de Noviembre, lo que hemos visto hasta ahora es la reedición de todas las viejas  y desacreditadas conductas, que han permitido la prolongación del actual desastre: imposiciones, reparto partidistas, ambiciones desmedidas, multiplicidad de candidaturas la mayoría de ellas sin la menor opción de victoria, y lo más grave, un juego macabro y suicida que busca la confrontación y mayor fraccionamiento en el campo opositor, donde las pugnas , los ataques y la guerra sucia, parecen absurdamente conducir a la bizarra conclusión de que se pone mayor encono y pasión en desacreditar a quienes con matices de pensamiento están ubicados en el mismo campo democratico, que en confrontar al adversario común.

La oposición Venezolana, es como todos sabemos diversa, plural, variopinta y con visiones que a ratos se colocan en antípodas de pensamiento y acción, pero no puede perderse la perspectiva al analizar el cuadro político,  de que todas esas variantes, se ubican dentro del mismo espacio político, que además está obligado a atraer hacia si, a sectores del  chavismo que desilusionados, frustrados y descontentos, buscan afanosamente referentes de cambios para canalizar su desafección a un régimen que ha traicionado y traficado con sus esperanzas.

Las fuerzas democráticas Venezolanas, están frente a una extraordinaria oportunidad de revertir las grandes equivocaciones y disparates que han permitido que este gobierno se prolongue sobre la tragedia humanitaria y  colectiva de Venezuela. Se trata simplemente de actuar con responsabilidad y patriotismo pensando en Venezuela y renunciando a intereses excluyentes o particulares.

 A pesar de que el reloj electoral corre irremediablemente, aún hay tiempo para que las distintas versiones de la oposición venezolana sean capaces de ponerse de acuerdo no solo en la presentación de candidatos unitarios a todas las posiciones de elección popular, sino a la escogencia de un método de selección abierto y transparente donde los seleccionados reúnan los requisitos de honestidad, idoneidad y ascendiente popular que le hagan merecer el voto de los ciudadanos.

Sería imperdonable, que por razones subalternas y sectarias, el liderazgo opositor permita que de nuevo –como ya paso en Diciembre- un gobierno agotado, desprestigiado y repudiado por la inmensa mayoría del país, pueda ganar gobernaciones y alcaldías.

Para decirlo con exclamación cristiana ESO NO TENDRIA PERDON DE DIOS.

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